domingo, 31 de julio de 2011

MUG

A Mug siempre le ha fascinado el gran río sin orilla, la tierra húmeda y azul brillante que se extiende hasta más allá de donde su vista pueda alcanzar. Y seguramente esta fascinación sea la razón por la que el resto de la tribu, su gente, se refieren a él como Mug el loco, Mug el chiflado que se atreve a vivir cerca del monstruo azul. La verdad que le trae sin cuidado lo que puedan pensar los demás, es más, el piensa que los locos son todos los demás. ¿Por qué temen al gran azul? ¿Por qué dicen que es un monstruo? No puede entenderlo.  Es inmenso, impresionante, bello, siempre moteado de blancas crestas de espuma y con sus distintas tonalidades cambiantes desde el anaranjado del amanecer, el azul brillante del mediodía, el rojo fuego del atardecer y el plateado luminoso de las noches de luna llena. Bien es cierto que en ocasiones se levanta sobre si mismo brama como una manada de mamuts y se torna violento, peligroso,  pero no más que lo pueda ser el viento cuando sopla enfurecido o el cielo cuando descarga rayos, truenos y agua con toda su ira. Al Gran Azul no es para tenerle miedo. Respeto, siempre, pero no miedo.
Mug recuerda perfectamente el primer día que lo vio. Llegaron hasta allí después de un largo viaje, un éxodo de varios años huyendo de una tierra que para sus padres, los padres de sus padres y varias generaciones más allá había sido acogedora, fértil y templada pero que de repente se volvió áspera, árida y fría por lo que se vieron obligados a abandonarla. Viajaron hacia al sur, durante semanas, meses, años, siempre hacia el sur. Mug fue de los que nació durante esta larga marcha  y durante parte de su infancia su única tierra fue el polvo del camino y su hogar los paisajes cambiantes. Así fue hasta que se toparon con él, con el Gran Azul.
Aquello no sólo era nuevo para Mug, ninguno de la tribu, ni los más ancianos ni el sabio chamán habían visto nunca algo así, algo tan grande, tan espléndido tan luminoso. Los hombres, con sus lanzas, arcos y hachas en guardia, se adelantaron con precaución mientras que las mujeres y los niños se mantuvieron, bajo la protección que les brindaba un bosque de pinos, a una distancia que les pareció prudencial. Bueno, todos los niños menos Mug que zafándose del férreo abrazo con el que le sujetaba su madre fue corriendo a mezclarse entre las piernas de los adultos que habían llegado ya prácticamente a la orilla.
Todos quedaron en silencio, absortos, contemplando como el agua, encrestada en blanquecida espuma, se acercaba rauda, amenazante, hasta casi rozarles los pies, para luego alejarse suave y mansamente como lamiendo la arena. Adelante, atrás, adelante atrás, acompañando a su vaivén un rumor calmo que aumentaba y disminuía con el ir y venir del agua.
-    No hay duda. –Dijo alguien rompiendo el silencio en el que estuvieron sumidos un buen rato.- ¡Respira! ¡Está vivo!
Como si con esas palabras se hubiera roto el hechizo en el que estaban sumidos, todos comenzaron a expresar su opinión. Unos afirmaban lo que se había dicho con amplios gestos de cabeza, otros lo negaban con vehemencia   y otros, los más sensatos en opinión de Mug, proponían otras posibilidades.
-    ¡Tonterías! No es más que un río. Un gran río con una sola orilla pero sólo un río.
-    Esto no es un río. –Repuso otro que en cuclillas y apoyado en su lanza recogía unas gotas de agua en su mano y se las llevaba a la lengua.- Este agua no es de un río – Escupió con gesto de asco.- Sabe mal, sabe salada, sabe a… ¡Tierra!
Los hombres callaron de nuevo mirándose unos a otros sorprendidos.
-    Entonces es una nueva tierra. Un nuevo territorio desconocido para nosotros. –Esta vez fue el chamán quien habló casi en voz baja, medio para sí mismo medio para los demás.- Un tierra blanda y húmeda… Interesante.
-    ¡Eh! –Gritó alguien de pronto para llamar nuestra atención.- ¡Miradme!
Todos dirigieron su mirada hacia donde vino la voz y una exclamación de sorpresa salió de la boca de todos ellos. Mug tuvo que abrirse paso a empeñones entre las fuertes piernas de los hombres para poder ponerse delante de ellos y ver lo que pasaba. Lo que vio le quedó tan sorprendido como a los demás. A varios pasos de distancia, con el agua hasta la cintura, se encontraba Ralov, un cazador grande como un oso y duro como una piedra que los miraba con una amplia sonrisa en la boca mientras chapoteaba en el agua con los brazos y daba pasos hacia atrás que lo alejaban aún más de los demás.
-    ¡Mirad! ¡No pasa nada! ¡Es sólo agua!
Gritó entre potentes risotadas. El agua le llegaba ya por el pecho y lo hombres comenzaron a gritarle que volviera cuando, de repente, el agua detrás de él se levantó más de la cuenta y lo perdieron de vista.
Todos empezaron a gritar, a agitarse, a adentrarse unos pasos nerviosos dentro del agua y golpearla rápidamente con hachas y lanzas para volver enseguida a la orilla. De pronto, la cabeza de Ralov volvió a emerger en medio del agua. Estaba más lejos, agitaba sus brazos y parecía querer decir algo aunque el agua que entraba en su boca se lo impedía. Los demás, en la orilla, gritaban su nombre, saltaban furiosos, chillaban y se tiraban del pelo desesperados hasta que la cabeza de Ralov volvió a desaparecer detrás de otra ola. Todos guardaron entonces silencio, expectantes, con la mirada puesta fija en el punto donde Ralov había desaparecido y aguantando la respiración esperaban volver a ver aparecer su cabeza, pero no volvió a aparecer. No apareció hasta pasado unos días que el Gran Azul lo devolvió muerto, mordisqueado e hinchado.
Aquello zanjó la discusión sobre qué era aquello y todos estuvieron de acuerdo; el Gran Azul era un monstruo, el Gran Monstruo Azul. Desde aquel día, el Monstruo Azul y la franja de arena blanca hasta donde comenzaba el bosque fue declarado Tierra Maldita, Tierra prohibida y ninguno de la tribu debe de volver a poner el pié jamás en ella. 
A pesar del gran miedo que les daba el Monstruo Azul, la tribu de Mug decidió instalarse, al menos provisionalmente, en una zona cercana ya que el lugar era demasiado idóneo  como para no intentarlo. El clima era suave, la caza abundante,  la tierra fértil y el Monstruo Azul parecía no molestar si te mantenías a suficiente distancia, así que  aquel campamento provisional, poco a apoco con el tiempo, fue tomando cada vez forma más de hogar y la gente de Mug empezó a echar allí raíces profundas. Eso sí, sin pisar nadie nunca desde entonces Tierra Maldita. Bueno… Nadie menos Mug. A Mug la fascinación que le producía el Gran Azul era demasiado grande como para reprimirla. Poco le importó lo que había pasado con Ralov, pensaba que había sido un impudente  y el Gran Azul se había enfadado. Pero a el no le iba a pasar eso, porque lo respetaba y quería conocerlo.
 Desde que se asentaron allí prácticamente no pasó un día en que Mug no pisara al menos una vez Tierra Prohibida cuando no pasaba los días enteros recorriendo arriba y abajo la arena blanda, investigando, curioseando, observando. Se dio cuenta de que había días que el Gran azul estaba irritado, encrespado y que esos días era mejor no acercarse mucho, sin embargo otros estaba tranquilo, apacible, amistoso incluso y entonces Mug se atrevía hasta meterse, bañarse y jugar con él.
Según se iba haciendo mayor su independencia aumentaba y las visitas al Gran azul era cada más frecuentes y largas pasando días enteros con sus respectivas noches y Mug siempre descubría algo nuevo.   Descubrió, por ejemplo, que el Gran Azul rebosaba de vida pues lo habitaban infinidad de extraños animales que Mug fue conociendo y hasta probándolos descubriendo que, si bien algunas estaban horribles, otras resultaron ser tremendamente deliciosas y fáciles de coger. También se percató de que en cierto modo el Gran Azul efectivamente estaba vivo ya que crecía y encogía. Mug no se lo explicaba, pero había momentos que se crecía y se hinchaba hasta llegar casi al linde del bosque y otros momentos sin embargo que encogía y retrocedía hasta tener que ir a buscarlo muchos pasos más lejos. A Mug le parecía mágico.
Más de una vez trató Mug de contar todos sus maravillosos descubrimientos a su gente pero en el mejor de los casos recibía una dura reprimenda por ir a la Tierra prohibida cuando no le llamaban loco, le tildaban de raro y se reían de él humillándolo.
En cierto punto Mug sabía que ellos tenían razón. Desde siempre yo había sido el chico primero y el hombre después que nunca se había relacionado mucho con el resto de la tribu. Siempre andaba desaparecido, aunque todos sabían donde estaba, nunca había ido a una cacería y raramente participaba en los ritos y celebraciones del poblado por lo que es comprensible el no encajar. A pesar de todo, Mug no veía razón en eso para que no lo escucharan y se dieran cuenta que el Gran Azul no sólo no era malo, sino que podía ser beneficioso para todos.
Sin embargo, si les trataba de convencer de que estaba lleno de vida, que había animales e incluso plantas en su interior ellos le replicaban que era imposible, que se fijara si no en la tierra que toca el Monstruo Azul. Allá donde su larga lengua llegaba la tierra se hacia baldía, estéril y sin vida, le decían. Y si Mug explicaba que incluso algunos de esas cosas se podían comer, se reían de él y le tachaban de majadero.
-    ¿Cómo se puede comer algo que está metido en agua venenosa? Por qué sabrás que quien bebe de su agua se muere ¿Verdad? –Gritaban burlándose de Mug.- Pues entonces cómo pretendes que comamos algo que sale de eso.
A Mug le costaba entender por qué lo trataban así. ¿Por qué tanta cerrazón y ofuscamiento? ¿Por qué no le comprendían? O quizás era que no querían comprenderlo. Él trataba de explicar, de razonar, de ser lógico, justo, pero todo era inútil. No querían probar, no querían ver, no querían siquiera dudar. La única respuesta que conseguía era la de que estaba chiflado, Mug El loco, le decían una y otra vez hasta que ese calificativo, usado hasta entonces como insulto hiriente, acabó por convertirse en su seña de identidad, en su apellido inseparable del nombre por ley.
A base de desprecios y humillaciones Mug El Loco no tardó mucho en darse cuenta de que era un extraño entre los suyos. Se dio cuenta de que, aunque reconocía a todos, en realidad no conocía nadie. Es difícil encajar en ningún sitio cuando no te ofrecen más que una única opción, la de ellos, negando todo lo que Mug decía por la única razón de ser diferente, extraño.
Así que Mug lo intentó hasta que su bondad y su paciencia dijo basta. Fue entonces cuando Mug, convertido ya en un hombre de dura constitución física reflejo de su constitución interior, decidió dejarlo todo y marcharse. A fin de cuentas, su familia había muerto y nada lo ataba ya a aquellas gentes convertidas en desconocidos. Así que Mug recogió sus exiguas pertenencias y entre miradas y risas furtivas, pero orgulloso y con su cabeza bien alta Mug El Loco abandonó el poblado para adentrarse en Tierra Prohibida. Allí, cerca del Gran Azul, orientada al calor del sur y con la entrada protegida del oleaje por unas rocas, había una pequeña gruta que Mug El Loco hizo su hogar. Nunca más volvería a pisar el poblado viviendo en permanente contacto con El Gran Azul, tratando de conocerlo, de comprenderlo de averiguar por qué era tan voluble, tan misterioso, tan magnífico. Observó sus olas, sus idas y venidas sus criaturas, sus caprichos teniendo siempre un nuevo por qué en su cabeza y una nueva pregunta a la que no siempre (más bien casi nunca) encontraba una respuesta.
Una tarde Mug El Loco se encontraba sentado en una roca. Contemplaba a un rojo sol que teñía el cielo de vivo fuego y que se hundía lentamente en el Gran Azul. Fue entonces cuando se dio cuenta de algo.  Sus escasos cabellos eran largas canas, su vista había empeorado y su antes erguida espalda y recios hombros lucen ahora caídos y encorvados bajo el peso de su propia cabeza. Mug se ha hecho viejo junto al Gran Azul y presiente que, como el sol de atardecer que contempla, su vida también llega al ocaso. Cierra entonces los ojos y aspira con fuerza sintiendo como la brisa fresca y salada llena su interior.
-    He pasado una buena vida junto a ti, Gran Azul. Te estoy agradecido –Piensa Mug con los ojos aún cerrados.-  Ya solamente me queda una cosa por hacer.
Mug entonces abre los ojos, se incorpora y con paso sereno pero firme se dirige lentamente hacia su gruta dejando marcado sobre la arena sus pasos que una ola traviesa va borrando tras de si.
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Varios son los que juran que lo vieron, que era Mug. Cuando lo vieron  no era más que un punto oscuro en medio del Gran Azul que cada vez se alejaba más y se hacía más pequeño, pero estaban seguros de que era él. Iba montado sobre una suerte de troncos atados entre sí por cuerdas y  Mug El Loco sentado en el centro empujaba con otro tronco que introducía en el agua. Así, poco a poco, Mug El Loco se fue alejando, adentrándose cada vez más en el Gran Azul, tal vez con la esperanza de encontrar su otra orilla o tal vez en busca de nuevas maravillas, pero con la tranquilidad que da el saber que morirás en los brazos de tu gran amor.
Nunca nadie más volvió a ver a Mug El Loco.

Pasaron algunos años y el recuerdo de Mug se fue borrando de la boca y de la memoria de los hombres. La vida, siempre de espaldas al Gran Azul, continuó plácidamente en el poblado sin que nada pareciera perturbar a sus cada vez más numerosos habitantes. Hasta que llegó el día en que algo extraño sucedió. La tierra tembló con fuerza.
 El clima cambió de repente, el dios sol desapareció detrás de un manto de extrañas nubes grises de las que casi nunca caía agua  y cuando lo hacía era negra y tenía sabor a cenizas. La temperatura bajó, las cosechas ese año empezaron a malograrse y la caza abandonó la zona teniendo los hombres que hacer cada vez salidas más lejanas para volver, y con suerte, con un par de liebres famélicas.
 La situación comenzaba a ser preocupante, la gente pasaba hambre y ni las plegarias ni los sacrificios que a diario se llevaban a cabo parecían surgir efecto alguno contra el terrible castigo que sufrían, contra aquella terrible maldición de los dioses.
El chamán se encontraba desesperado, confuso, perdido. Toda su magia, su sabiduría y sus hechizos no servían para nada y por ser considerado responsable último de los caprichos de los dioses de la naturaleza, la gente empezó a mirarle de reojo y a murmurar a su paso. Se buscaba un culpable de la maldición que los asolaba y todos los dedos lo señalaban a él.
El chamán abatido comenzó a caminar internándose en el bosque en busca quizás de alguna inspiración, de algún recuerdo en su memoria que le diera una solución, de alguna señal que a lo mejor los dioses se dignaban a enviarle.
Buscaba una respuesta para saber qué hacer. Emprender de nuevo la partida como hicieron los padres de sus padres en busca de otra tierra mejor o tratar de aguantar este invierno que se aproxima esperando y rezando para que todo volviera a ser como antes.
El éxodo no le convencía. Demasiado duro, demasiado arriesgado y tal vez demasiados años que muchos no aguantarían. Todavía se cuentan viejas historias transmitidas de boca en boca a través de las generaciones, de lo que tuvieron que pasar nuestros antepasados en su viaje y amilanan a cualquiera. ¿Y aguantar otro invierno? ¿Pero cómo? Si ahora mismo se están alimentando de raíces y cortezas de árbol.
El chamán continuó caminando durante un largo rato, deambulando perdido en sus pensamientos cuando de pronto se dio cuenta de que había llegado al límite del bosque y que si daba un paso más se internaría en Tierra Prohibida. Se detuvo y quedó contemplando el inmenso monstruo azul que se extendía ante sus ojos y que tanto miedo le daba a él y a los suyos. Hoy el gran monstruo no era azul y lucía un triste y apagado gris reflejo de las nubes que flotaban encima.
El chaman recorrió despacio con la vista toda Tierra Prohibida y algo llamó su atención deteniendo sus ojos sobre aquello. A la derecha de donde se encontraba, al final de la franja de arena blanca y cerca del monstruo azul se levantaban un alto cúmulo de rocas donde parecía verse la entrada de una gruta.
El chamán pareció recordar de repente. Aquello debía ser el refugio de Mug El Loco, el chiflado que vivía junto al monstruo azul. Su padre le contó la historia en alguna ocasión e incluso el padre de su padre llegó a conocerle en persona.
Quedó un rato allí, con la vista clavada en aquella abertura de la roca cuando sin pensarlo, casi sin darse cuenta dio un paso entrando en tierra prohibida y comenzó a caminar decidido directamente a la gruta. No sabía que esperaba encontrar, no sabía como había vencido el terrible miedo que le provocaba Tierra Prohibida y ni siquiera sabía por qué lo estaba haciendo, pero algo, un instinto, un presentimiento, una señal divina le empujaba irresistiblemente hacia allí.
Llegó a la entrada y dudó un momento antes de entrar, oía agitarse cerca al monstruo azul y el interior se veía muy oscuro. Qué bobada, pensó, ya he llegado hasta aquí y no me voy a dar media vuelta. Tomando impulso con los dos brazos a ambos lados de la entrada se impulsó hacia dentro dando un pequeño grito y en dos paso se internó. La gruta se ensanchó al instante y el chaman se vio en un espacio que aunque no era muy amplio su forma rectangular y escuadrada le daba  cierta sensación de amplitud. Entraba una suave luz por un agujero entre las dos rocas que formaban el techo y la sensación en general era de ser un sitio acogedor. En la esquina derecha más alejada de la entrada se notaba la huella de que allí hubo un lecho. A los pies de este un lugar donde hacer un fuego y en la pared de enfrente, en el suelo, un montón de extraños objetos, perfectamente colocados y que parecían no haber sido tocados desde que su dueño se marchara.
El chamán se agachó sobre ellos y empezó a inspeccionarlos. Lo primero que llamó su atención fue un especie de pequeña lanza apoyada en la pared. La cogió y la examinó. Era larga,  muy delgada y puntiaguda, pero en vez de la punta afilada tenía hecha unas muescas como un filo de sierra. El chamán pensó que aquella lanza era la peor que había visto en su vida. Tan larga y delgada y con esa punta no se podía cazar ni una rata. Dejó la lanza de nuevo sobre la pared y otro objeto llamó su atención. Parecía una especie de tela que estaba doblada en suelo, pero cuando la cogió y extendió se dio cuenta de que aquella era una tela muy rara. Estaba llena de agujeros. Era una pieza cuadrada, bastante grande pero la había trenzado con  finas cuerdas dejando huecos a modo de una cuadrícula. ¿Para que servirá este trapo? Se preguntaba el chamán levantando sus dos brazos para verla extendida ante sus ojos. Para abrigarse no sirve, demasiados agujeros. Para transportar tampoco sirve o por lo menos no podrías llevar trigo o harina ni nada más pequeño que una avellana. Se caería.
En estas reflexiones se encontraba el chamán, sujetando todavía la tela ante su cara cuando entre los agujeros le pareció ver algo en la pared. Bajó la tela y  entonces se dio cuenta. Dibujos, la pared estaba llena de dibujos, de signos, de símbolos, algunos pintados con tinta y otros grabados en la misma piedra.
El chamán empezó a recorrer con la vista toda la pared sin comprender que significaba aquello cuando de pronto dejó su mirada puesta en punto. Acercó un poco más su cara a la pared y entonces lo vio claro. Allí, trazado sobre la roca, se distingue perfectamente la figura esquemática de un hombre que levanta una especie de lanza con la que apunta a una extraña criatura  que está a sus pies. Una línea ondulada pintada sobre el animal y los pies del hombre parece querer decir que se encuentran dentro del agua.
 El chamán coge de nuevo la lanza y la observa atentamente, luego vuelve a mirar al dibujo, otra vez a la lanza, otra vez al dibujo y empieza a comprender.
-    ¡Usaba esta lanza para cazar las criaturas del azul! –Gritó el chamán en la soledad de la gruta.-
Dejó la lanza en el suelo y fijó de nuevo su atención en la pared que empezó a inspeccionar con la cara casi pegada a ella. Hasta que encontró lo que buscaba. Este era otro dibujo de un hombre, pero en esta ocasión  el hombre sujetaba esa extraña tela enrejada que parecía dejar caer, esta vez, sobre varias criaturas diferentes.
-    Esta tela también sirve para cazar criaturas del azul. –Murmuró tan solo poniendo su mano sobre la tela como en señal de que lo ha entendido.- Pero con esto se pueden coger varias a la vez.
Entonces toda la pared empezó a coger significado para el chamán. Donde antes no veía más que extraños signos y garabatos ahora ve una historia, una historia contada alta y clara por aquel viejo chiflado que realizó sobre la pared un minucioso registro de todo lo que había aprendido del Gran Azul.
Así el chamán descubrió que unos símbolos redondos con diferentes sombreados era la luna en sus distintas etapas y al lado de cada una de estas lunas una línea ondulada o dos o tres, una sobre otra, indicando si el gran Azul crece mucho, poco o decrece. Gracias a esto, tal vez se podría predecir cuando el Gran Azul va a crecer o decrecer, piensa el chamán. También, dibujado sobre la pared, estaban las formas de todas las criaturas que habitan el Azul, algunas de ellas con una raya que la atraviesa indicando que no son buenas para comer. Las que están libres de esa raya indican que se pueden comer sin problema. Además, añade al lado de cada criatura el símbolo de la pequeña lanza, la tela agujereada o una mano si este animal se caza con uno u otro objeto. Y algunas, incluso, tienen también pintado a su lado una línea ondulada, dos o tres, dependiendo si se cazan mejor con el Gran Azul alto o bajo.
Toda una vida de observación, de curiosidad, de pruebas, de fallos y de aciertos de un  loco plasmado en una pared. El chamán miraba aquella estampa asombrado, en silencio. Y  primero entre dientes y luego cada vez más alto empezó a decir:
-    Pues si todo esto mantuvo con vida a un chiflado… ¿Por qué no al resto del poblado?


Desde entonces el poblado de Mug ya no vive de espaldas al Gran Azul, desde entonces han aprendido a convivir con él, desde entonces, a los niños, se les enseña a respetarlo. Y también, desde entonces, el recuerdo de Mug volvió a llenar las bocas y la memoria de los hombres. Pero ya no era Mug El Loco, ahora le llamaban Mug El Sabio.


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