domingo, 14 de febrero de 2016

CARNE (Finales alternativos)

¡Odio esta maldita carne blanda que conforma mi cuerpo! Es débil, flácida, imperfecta, se arruga y deforma y según pasan los años y las enfermedades se pudre, se corrompe y duele. Duele con un corrosivo dolor pegajoso, continuo y obstinado que entra en tu vida casi por sorpresa, de improviso, como ese familiar poco querido que se presenta sin que lo esperes, acoges una noche por cortesía y cuando te quieres dar cuenta estás compartiendo casa y vida con él.
Llevo ya tantos años lamentándome de esta fofa carne traidora que ni tan siquiera recuerdo el último día que pasé sin un dolor. No hay jornada en la que no amanezca con una nueva molestia, un viejo achaque o una imprecisa dolencia que maltrata mi cuerpo y con él también a mi espíritu.
Huesos, músculos, tendones vísceras... todas las partes del cuerpo se conjuran contra mí en una tortuosa y macabra danza que bailan en mi interior sin que pueda hacer nada para evitarlo. Al contrario, ya que además todo se ve agravado con la no menos dolorosa certeza de que el paso del tiempo, lejos de aliviar algo, no hará otra cosa sino empeorar las cosas y encontrar nuevos modos y órganos donde añadir dolor. Dolor... Dolor... Siempre más dolor... Dolor sobre esta odiosa carne que lentamente se va corrompiendo ante mis ojos.

Y luego está el cansancio. El dolor te sumerge en un inacabable cansancio denso y profundo en donde el aire que te rodea parece tomar la consistencia del agua y cada paso, cada movimiento que haces supone un terrible esfuerzo de tu trémula carne lasa e imperfecta que se niega a funcionar. Los pulmones están cansados de respirar, el corazón está cansado de dar latidos, el cerebro se cansa de obligarlos a funcionar y tu sientes que te bastaría dejarte ir por un momento, abandonarte y dejar de luchar para que todo dejara de funcionar de una vez y pudieras, al fin, descansar.

Pero no. La carne es terca y el instinto de supervivencia poderoso por lo que no te abandonas y luchas. Luchas por sobrevivir un día más. Un día más sin esperanzas. Un día más de dolores. Un día más de ver como tu carne se corrompe... pero un día más al fin y al cabo. Y a ciertas edades, cada día ganado es una victoria.

Por todo esto, cada segundo que paso respirando, lamento más y más el terrible error que cometí en mi infancia. Pero deben comprender, yo no era más que un crío, un chaval inexperto que lo único que quería era crecer, hacerme mayor y convertirme en un hombre de verdad. ¡Oh dios! Lo deseaba con todas mis fuerzas. No había cosa en el mundo que anhelara con más ahínco.
¡Maldita sea la hora en que tomé aquella decisión! ¡Qué terrible error! ¡¿Por qué nadie me dijo lo que era hacerse viejo?! ¡Ay si pudiera volver! Cambiaría mi decisión sin dudarlo ni un minuto, me negaría a convertirme en un hombre, no crecería y así podría seguir siendo todavía el niño que era entonces.
En aquel tiempo yo era indestructible. No me afectaba nada, ni frío, ni calor, ni hambre, ni cansancio. ¿Y el dolor? Para mí el dolor no existía. Eso era cosa de los demás que eran unos quejicas. A mí nunca me dolía nada y no importaba lo duro que fuera el golpe, ni la altura de la que caía, ni las vueltas que diera antes de aterrizar en el suelo. Simplemente me levantaba, me sacudía el polvo y seguía con mis juegos. Y si acaso lloraba no duden de que era más por llamar la atención que porque me doliera realmente.


¿Y qué eran los días o las semanas o los meses sino más oportunidades para retozar? Cuando era un chaval el paso del tiempo tampoco existía. El desgaste de mi cuerpo se arreglaba con un ligero lijado y algo de barniz y si por algún motivo y a pesar de todo, un miembro se me rompía, se cambiaba por otro nuevo y listo. ¡Aquello era vida!

Y sin embargo, ahora, ya me ven ustedes. Yo, el ínclito Pinocchio, convertido en un viejo decrépito que no sabe hacer otra cosa que contemplar como se va descomponiendo su fofa carne.
¡Aah... lo que daría por ser de nuevo un niño de madera!

miércoles, 2 de abril de 2014

SUPERVIVENCIA (Finales laternativos)

-    Diez pavos por una paja, treinta una mamada y cincuenta el completo. ¡Ah! Y no lo hago sin condón.
-    Bu..bueno. –Acertó a balbucear el hombre sonrojándose hasta las cejas.- Yo tan sólo había preguntado si eras nueva por aquí.
No podía disimular que aquella cruda respuesta lo había dejado un tanto descolocado. No porque no fuera precisamente “eso” lo que andaba buscando, ni tampoco por recibir una contestación tan descarada y directa a su banal pregunta. Lo que en realidad le había chocado fue escuchar esas descarnadas y sucias palabras pronunciadas por  aquella muchacha de cándido aspecto frágil e inocente que tenía delante. Y digo muchacha porque decir niña quedaría obsceno y llamarla mujer sería otorgarle unos atributos que no había desarrollado. Más bien bajita, tenía la frente lisa y el rostro encuadrado en un par de coletas pelirrojas que caían por ambos lados de su cara. Ojos redondos, tiernos, unos redondos carrillos pecosos y aterciopelados y una boca pequeña enmarcada en unos brillantes labios rojos que parecían acabar de lamer una piruleta. Además, su aspecto adolescente quedaba reforzado por su ropa, una falda plisada de cuadros escoceses como la que llevan las colegialas pero más corta, bastante más corta, un bolsito pequeño de Hello Kitty colgado del hombro por una delgada cinta  y una sudadera roja con capucha cerrada con cremallera por delante y que le llegaba por la cintura.
Sin duda que su aspecto aniñado era lo que atraía a los hombres como las moscas a miel Y sin duda también aquella muchacha era, con diferencia, la mejor chica que había en aquel sucio polígono de extrarradio, lúgubre, sucio y mal-iluminado por la mortecina luz amarillenta de unas viejas farolas de las que funcionaban solamente una de cada tres. Pero no se haría honor a la verdad y la descripción de la muchacha no quedaría completa sino habláramos de lo que a la postre define a las personas más que su aspecto y es su mirada. Y la mirada de esta chica era dura, terca casi rabiosa. Te miraba desde la lejanía, impasible, como si todo fuera a ajeno a ella, con una absoluta falta de empatía y en sus hermosos ojos tiernos, dulces y de candido aspecto hacía mucho tiempo que habían desaparecido cualquier rastro de inocencia o candor. Pero los hombres se vuelven a ciegos a este tipo de señales cuando la sangre se acumula en sus partes.
-    Es que no te había visto nunca por aquí y eres muy guapa ¿Sabes? –Al fin se atrevió a decir el hombre.-
Ella lo miró con una sonrisa fingida de arriba abajo. Sin embargo el hombre no era guapo, era más bien vulgar, un vulgar cincuentón en el que todo era vulgar. Su calva hipocrática que trataba de taparse dejándose crecer el pelo de un lado era vulgar. Su barriga cervecera que a duras penas podían sujetar los botones de su camisa blanca y caía por debajo del cinturón  era vulgar. La corbata negra aflojada y el cuello desabotonado era vulgar y haciendo juego con el conjunto, un traje azul marino de tela de poliéster también vulgar.
Seguramente trabaja en un aburrido puesto de oficinista o algo así. –Pensó la mucha.- Acaba de terminar la jornada laboral en su trabajo. Ha comido algo por ahí, una burguer posiblemente por sus manchas de ketchup en la camisa, se habrá tomado un copazo y se habrá venido hasta aquí para desfogarse antes de ir a meterse en su apartamento de mierda a dormir solo.
La muchacha bajó la mirada para rebuscar en su bolsito de Hello Kitty. Sacó un encendedor un cigarro y tras encenderlo y dar una larga calada decidió poner fin a elucubraciones
-    Bueno. Ya están hechas las presentaciones. Entonces qué. ¿Te decides o no?
-    Sí… Sí… Claro... –El hombre no tardó ni un segundo en responder.- Me gustaría que me hicieras un francés.
-    ¿¡Un qué…?¡ -La chica arrugó el ceño mitad sorprendida mitad enfadada.- Yo no hago esas cosas..
-    Es una mamada.
-    ¿Ah! Vale. Entonces sí. Vamos por aquí. Ven
La chica se dio media vuelta y comenzó a caminar al tiempo que se tapaba la cabeza con la capucha de su sudadera. Lo cierto es que casi siempre la llevaba puesta. Le gustaba, le hacía sentirse aislada y protegida del mundo que le rodeaba. Sin embargo y a regañadientes, cuando trabajaba tenía que quitársela. Había que enseñar la mercancía.
-    ¿Dónde vamos? – Preguntó el hombre quien la seguía un par de pasos por detrás como el corderito huérfano que sigue al pastor.-
-    A un callejón aquí al lado. Ahí estaremos tranquilos.
Lo que la chica llamó un callejón en realidad no era más que un estrecho y largo pasadizo entre dos paredes de ladrillo naranja de unas naves industriales contiguas. Sumidero de toda la podredumbre de la vía principal y cuya única iluminación era una triste bombilla que colgaba de un cable tendido entre las dos paredes emitiendo una luz tenue y cansada. Ni siquiera la  luna llena, brillante y oronda, que pendía del cielo aquella noche conseguía reducir las sombras que se apretaban en la estrechez del lugar.
Se adentraron hasta la mitad de la callejuela y en una zona de penumbra, entre la oscuridad y el alcance de la solitaria bombilla, la chica se detuvo. Como si aquella hubiera sido una especie de señal convenida, el hombre apoyó su espalda contra una de las paredes y ansioso hizo amago de querer desabrocharse el cinturón pero la chica le detuvo poniendo suavemente sus manos sobre el pecho del hombre.
-    Tranquilo guapetón. –Dijo con sensual voz especial para estas ocasiones al tiempo que expulsbaa el humo de la última calada de su cigarro sobre la cara del tipo.- Primero la pasta.
-    ¡Ah, sí, claro, claro! –Contestó el hombre nervioso y excitado y echando mano a la cartera que llevaba en el bolso de atrás del pantalón sacó los treinta Euros que ya tenía apartados y preparados. Por lo visto aquella era la tarifa estándar del lugar.-
La chica cogió el dinero, lo palpó ligeramente para comprobar la calidad de los billetes y con parsimonia los dobló cuidadosamente para meterlos en su pequeño bolso de Hello Kitty.
-    Venga.. Ya.. Vamos, empieza… -Pedía con ansiedad el hombre al tiempo que trataba de atacar de nuevo su cinturón para soltárselo y de nuevo la chica con sus manitas sobre el orondo pecho del hombre le detuvo.-
-    ¿Qué prisa tienes?¿No prefieres que te lo haga yo?
Y diciendo esto, la muchacha comenzó a agacharse lentamente dejando deslizar suavemente sus manos por el cuerpo del hombre. Primero por el pecho, luego por la oronda barriga hasta llegar al cinturón oculto y casi aplastado por la colgante panza. La chica tuvo que esforzarse y levantarla ligeramente para poder acceder a la hebilla y con meticulosa tranquilidad comenzó a desabrocharla.
-¡Vamos! ¡Date prisa! –Apuraba excitado el hombre cuyo rostro comenzaba a congestionarse y su frente a perlarse con gotitas de sudor.- ¿Por qué tardas tanto?
- Tranquilo. Ya verás como no te arrepentirás. –Contestó la chica acuclillada frente a su paquete manejando con exasperante tranquilidad el cinturón, la panza y la hebilla.- Estas cosas son mejor hacerlas despacio. Ya verás.
- Venga. Pero date más prisa.
- Tranquilo cariño. Tú relájate.
El hombre apoyó por completo su espalda y brazos contra la pared, cerró los ojos disponiéndose a seguir el consejo y dejarse hacer cuando de repente algo ocurrió. Apareciendo de no se sabe dónde algo arremetió contra el hombre arrancándolo de la pared con inusitada y salvaje violencia. Ambos cuerpos rodaron por el callejón entre los gritos de ayuda del hombre y los fieros gruñidos de lo que fuera la otra cosa. Finalmente dejaron de rodar yendo a detenerse bajo la exigua luz que permitió contemplar la escena en toda su crudeza. El hombre yacía boca arriba y sobre él un animal, una bestia salvaje. Algo así como un perro grande, enorme. Pero no. Era demasiado grande para ser cualquier tipo de perro. Era un lobo, un lobo de proporciones descomunales que entre sus fauces sujetaba el cuello del hombre al tiempo que con vehemente salvajismo agitaba la cabeza a un lado y otro desgarrando músculos, venas y tendones del cuello. El pobre desgraciado trató de luchar por un momento pero fue inútil. Rápidamente los  gritos de ayuda que salían de su boca se convirtieron en escupitajos de sangre y sus desesperados movimientos por tratar de zafarse se transformaron en estertores de muerte. Hasta que al fin…  El hombre… Quedó totalmente inmóvil sobre un charco de sangre que lentamente crecía bajo él. No fue hasta entonces que el lobo soltó el cuello de su presa para clavar sus agudos colmillos en la suculenta panza del hombre. Tenía hambre y allí había donde saciarla.
Mientras tanto la chica que había permanecido totalmente quieta y en absoluto silencio pareció reaccionar.
-    ¡Nooo! ¿Qué haces? ¡Para, para!  -Gritó con las manos levantadas dirigiéndose hacia ellos en un movimiento más instintivo que reflexivo.-
Pero el animal levantó la cabeza de su festín. Una cabeza enorme tan grande como la barriga del hombre, con largas y puntiagudas orejas, grandes ojos encendidos y al tiempo que emitía un amenazador y gutural gruñido dejó ver unos temibles y afilados colmillos que goteaban sangre. La chica se detuvo en seco mostrando las palmas de sus manos en señal de paz y lentamente comenzó a retroceder sin volver la espalda.
–    Vale, vale. No pasa nada.
Dijo y cuando hubo retrocedido unos cuantos pasos se dio media vuelta, volvió a ponerse la capucha de su sudadera roja que con el trajín se le había caído y con paso tranquilo se dirigió  a la entrada del callejón. Una vez allí se apoyó con el hombro en la esquina de ladrillos, sacó un cigarro de su bolsito y lo encendió dando una profunda calada que obligó al humo entrar hasta el fondo de sus pulmones para después expulsarlo sonoramente. Mientras, en mitad de la semi-penumbra del callejón, lo único que rompía el silencio era el chapoteo viscoso del hocico de la alimaña hurgando en las entrañas de aquel pobre tipo y algunos suaves gruñidos de satisfacción de vez en cuando.

Estaba terminando su segundo cigarrillo cuando los sonidos parecieron cesar. Aguzó un poco el oído para estar segura y tras tirar la cosilla al suelo y pisarla con desgana se internó de nuevo en el callejón. En el suelo, bajo el foco de luz rancia, estaba el cuerpo del hombre o lo que quedaba de él. Se detuvo cuando llegó a su altura y bajó la mirada para echar un vistazo que le hizo chasquear la lengua y menear la cabeza disgustada. Levantó entonces los ojos para dirigirlos a la penumbra, donde la luz no llegaba, junto a la pared. Allí estaba la bestia mirándola con los ojos aún encendidos, sentada sobre sus patas traseras, las de delante rectas, el pecho henchido y poderoso como un buen perro guardián.
-    ¿Qué? ¿Ya has terminado? –Dijo la chica con un gesto de asco en su cara.
El lobo se limitó simplemente a relamerse con gusto su hocico recorriendo con su larga lengua todos sus rincones y poniendo especial atención en su negra trufa que tras quitarle los rastros de sangre brillaba en la oscuridad.
-    Tomaré eso por un sí. –Y diciendo esto la muchacha se agachó sobre el cuerpo y empezó a examinarlo casi con el mismo interés que si fuera un médico forense para terminar diciendo.- ¡Qué desastre! ¡Vaya mierda! ¡Siempre me haces lo mismo!
Y sin disimular la repugnancia que le producía y usando tan solo la punta de su dedo índice y su pulgar, comenzó a remover y tirar de algunos trozos de tela que sobresalían de entre los restos de carne y vísceras.
-¡Qué asco, joder! ¡Mira que te lo he dicho veces y tú nada! –Seguía jurando la chica mientras continuaba tirando de aquí y de allá con las puntitas de los dedos.- ¡Vaya mierda hostias!
- ¿Te has enfado conmigo por haberte gruñido?
La pregunta provenía de la oscuridad. Del mismo lugar donde hace un momento estaba  la alimaña pero donde ahora había un chico joven, desnudo, acuclillado, apoyado contra la pared y que con los brazos se abrazaba las rodillas. Solamente en los ojos enrojecidos con los que miraba a la chica quedaba aún algún rastro de la bestia que fue tan solo hace un instante.
-    ¡No, no estoy enfadado contigo por haberme gruñido! ¡Estoy enfadada porque te dije que pararas y no lo hiciste!– Respondió airada la chica sin cejar en su labor sobre el cadáver.- Lo que ocurre es que siempre te digo lo mismo pero tú ni caso. Te he dicho mil veces que primero lo mates, luego me dejas que lo registre para coger lo que pueda merecer la pena y luego ya te lo puedes comer tranquilamente. –La chica levantó la mirada de lo que estaba haciendo, puso las palmas de sus ensangrentadas manos en paralelo, enfrente una de otra y moviéndolas de izquierda a derecha como dividiendo en el aire los pasos a seguir explicó despacio y por tiempos.- ¡Matar, registrar y destripar! ¡Matar, registrar y destripar! ¡Matar, registrar y destripar! No matar, destripar y registrar. ¡Mira ahora! –Y deteniendo sus manos apuntó furiosa con ellas al cuerpo.- Ahora  me toca a mí andar revolviendo intestinos y vísceras para encontrar la cartera. Y no te puedes hacer ni idea del puto asco que me da. ¡Puag! ¡Es repugnante!
-    Lo siento, de verdad. Pero es que… Ya sabes…–Respondió el chaval algo avergonzado mientras se mojaba un dedo con saliva para limpiarse un resto de sangre que tenía en el brazo.-   Cuando estoy en ese estado… Y pruebo sangre… Me ciego y… Lo siento…
-    Vale.. Vale… -Dijo la chica quien acababa de descubrir que en el brazo del tipo el que se encontraba en el costado opuesto al suyo, lucía en la muñeca un elegante y enorme reloj. Alargó su cuerpo y su brazo para alcanzarlo y cuando volvió a su postura normal se dio cuenta de que se había traído consigo no sólo el reloj sino el brazo entero.- ¡Pero mira que eres bestia! –Dijo.- ¿Cómo te lo has hecho para arrancarle el brazo entero?
El muchacho no dijo nada y agachó su cabeza abochornado. La chica sacó el reloj de la muñeca, tiró el brazo hacia atrás por encima de su cabeza y tras darle un primer vistazo lo levantó en alto y gritó con irónica euforia:
-    ¡Yupi! ¡Mira! ¡Tenemos un auténtico POLEX…!  ¡Vaya una mierda!
-    Bueno algo conseguiremos por él. –Trató de animar el chico.-
-    Sí. Que se rían de nosotros. –A pesar de todo la chica guardó resignada el reloj en uno de los bolsillos de la sudadera y prosiguió con su truculenta tarea mientras volvía a dirigirse al chico.- Venga. Vete a vestirte en lo que yo termino aquí. A ver si encuentro de una maldita vez la cartera y nos marchamos de aquí cagando leches.
El chico obedeció mansamente y se levantó despacio, penosamente, emitiendo suspiros de esfuerzo, como el anciano que se levanta de una silla demasiado baja. Después de los “cambios” se le quedaba el cuerpo dolorido. A pasos lentos y cortos desapareció por el oscuro fondo del callejón. Allí había dejado antes su ropa y algunas toallitas húmedas con las que ambos podían limpiarse. Era ya la rutina, lo habitual, lo de siempre.
Al poco rato volvió a aparecer esta vez totalmente humanizado. Iba vestido normal, con pantalón vaquero, camisa a cuadros y cazadora por la cintura de cuero marrón. Era bastante joven aunque varios años mayor que la chica. Moreno de pelo y piel su rostro ahora resultaba afable,  tranquilizador incluso y de sus ojos habían desaparecido cualquier vestigio de la bestia que habían albergado dejando ver ahora unos ojos  negros, profundos y sinceros pero cargados con una pesada tristeza que siempre parecía acompañarle.
Cuando regresó la chica estaba de pie junto al cuerpo esperándole. En la boca le humeaba un cigarrillo recién encendido y trataba inútilmente de limpiarse las manos frotándose una con otra. El chico le alargó una de las toallitas húmedas, la muchacha la recibió de buen grado y sin dejar de limpiarse abandonaron el callejón. Recorrieron el polígono tratando de no llamar la atención, pegados a las sombras de las paredes, ella con la cabeza oculta por la capucha, él con la mirada fija en el suelo sin mirar directamente a nadie, putas, chulos o clientes única fauna que pululaba por allí a esas horas.  Dejaron atrás el polígono y siguieron caminando, en silencio, sin intercambiar palabra, hasta llegar a la estación del metro y coger justo el último tren que salía esa noche. Fue cuando ya estuvieron acomodados en los asientos de un solitario vagón y mecidos por el suave traqueteo del tren que la chica rompió el silencio. Habló con desapego, sin mirarle y sin desviar la vista del frente.
-    ¡Ah, por cierto! Y la próxima vez no tardes tanto. Casi me toca sacársela de verdad. Brrrr. –Su sólo recuerdo hizo que le tiritaran los hombros.-
-    ¿Me lo parece a mí o es que hoy no estás de muy buen humor? –El chico sí se volvió para mirarla e incluso hizo un intento de sonrisa.-
-    ¡Pues no! ¡No estoy de buen humor! ¡Y es para no estarlo! ¡Mira! –Enojada y algo nerviosa metió las manos en los bolsillos de su roja sudadera y las sacó agitándolas con rabia frente a la cara del chico. En una mano le mostraba un puñado de billetes ensangrentados y en la otra el reloj del tipo.- ¡Setenta putos euros y un reloj Polex! ¡Toda esta mierda para setenta euros y un reloj de los chinos! –Bufando volvió a guardar las cosas en los bolsos.- ¡Espero que al menos el gordo seboso ese estuviese rico!
El chico no pudo evitar dejar escapar una ligera sonrisa sincera.
-    Pues la verdad que no mucho. Creo que el tío tenía el colesterol un poco alto. –E hizo como si eructaba al tiempo que se golpeaba ligeramente el pecho con el puño.-
-    ¡Eres un tonto! –Dijo y como niña enfurruñada bajó la mirada, cruzó con fuerza los brazos sobre su pecho y alzó los hombros.- Además está eso. Lo de tu alimentación. –Continuó diciendo sin variar su postura.- Al señorito no le vale cualquier carne, un trozo de ternera o de lo que sea que se pueda comprar en un súper, no, el señorito tiene que comer carne humana y fresca.
-    ¡Y qué culpa tengo si eso es lo único que me alimenta! ¡Qué culpa tengo yo si esa es mi maldición! ¡  ¡bastante castigo tengo! –Protestó airado el chaval para continuar en un tono más comedido.- Además, aunque pudiera comer cualquier cosa, ternera como tú dices. ¿Cómo íbamos a comprarla si no tenemos ni euro? ¿Qué haríamos? ¿Nos pondríamos a trabajar? ¿Dónde? Si según están las cosas no hay un maldito curro de nada. Y aunque lo hubiera y sobraran los trabajos… ¿Quién nos iba a contratar a nosotros en nuestra situación? ¿Dime? ¿Qué íbamos a hacer? ¿Te ibas a poner a hacer mamadas de verdad o qué?
La sola idea le volvió a provocar a la chica otro tiritón de hombros y no le quedó otro remedio que otorgar callando. El chico aprovechó su victoria y remató diciendo en un cariñoso tono de voz
-    Tú piénsalo, de este modo solucionamos el problema de mi manutención y el de nuestros ingresos. Lo que hacemos es lo mejor que podemos hacer… 
-    Es lo mejor hasta que nos pillen. –Añadió la muchacha.-
-    Por eso lo hacemos así y nos tomamos tantas molestias. Vamos cada vez a lugares diferentes, a los más alejados y los más cutres que podemos encontrar donde abundan don nadies que el mundo no echará en falta. Y si me apuras, te diría que hasta casi hacemos un favor a la especie humana. –La chica le miró sin entender y el continuó poniendo cierta vehemencia en sus palabras para convencer..- ¿No lo ves? La gente que elegimos son premios Darwin en potencia. Especímenes defectuosos que, por el bien de la especie, no merecen que sus genes sean transmitidos a otras generaciones. Mejoramos la raza y eso es algo bueno.
-    ¿Estás seguro? –Preguntó la muchacha en un tono casi suplicante.-
-    Estoy seguro. De verdad. -El  chico deslizó su mano por entre la capucha y acarició suavemente la mejilla de la muchacha quien ladeando mimosa la cara se dejó querer. Luego, con voz tierna, añadió- No es tan malo lo que hacemos. Estoy convencido.
La chica no terminó de entender muy bien todo aquello. Pero la excusa sonaba bien y a él parecía servirle así que decidió que también a ella le serviría. Qué más daba. Lo importante era aferrarse a algo, a lo que fuera, aunque fuera una locura, aunque fuera sangriento, aunque no tuviera sentido, aunque no lo entendiera. Necesitaba excusas para no sentirse sucia, triste, para poder continuar, y aquello, aunque de manera ligera, podía ser una excusa más que alimentara su secreta esperanza, la esperanza tonta y remota de que algún día su suerte cambiaría, que no siempre iba a ser todo así, que algún día volvería a sentir la felicidad que hace tiempo llegó a sentir, que su negro destino se teñiría aunque sólo fuera un poco más de gris y que todo acabaría cambiando para mejor. No sabía cómo, no sabía qué, no sabía cuándo y nada de lo que divisaba en el horizonte de su futuro le indicaba que aquello pudiera mejorar de algún modo, pero sin aquella vaga e inconcreta ilusión, sin aquella débil y difusa esperanza que atesoraba con mimo en lo más profundo de su ser no podría continuar, no podría seguir luchando, luchando simplemente por sobrevivir. Así que con un chasquido de la lengua y un asentimiento de cabeza decidió dar por bueno todo aquello y tras meterse las manos en los bolsos de la sudadera, enfundarse un poco más la capucha roja y bajar la cabeza  se arrebujó en su asiento dispuesta a relajarse durante lo que quedaba de trayecto. Pero los pensamientos tienen la mala costumbre de volar por libre y otra de sus preocupaciones fue a posarse en su cabeza y decidió compartirla.
-    Espero que esté dormida cuando lleguemos a casa. No me apetece nada tener que aguantarla.
Como si de pronto le hubieran recordado que se dirigía a una cita con el médico para que le hicieran una colonoscopia, el chico se revolvió incómodo en su asiento.
-    No cuentes con ello. –Contestó el chico con una sonrisa amarga en su boca.- Y la verdad que yo tampoco estoy para muchas tonterías.
Al fin llegaron a su parada. Salieron de la estación  y en silencio, sin intercambiar palabra recorrieron el todavía largo trecho que les separaba hasta su casa. Aunque quizás llamar casa al sitio donde vivían, resultaba demasiado generoso. Era un pequeño apartamento en un cuarto piso de un edificio donde ninguno de los inquilinos había visto nunca funcionar al ascensor. Así que como cada día subieron las escaleras, peliaguda travesía, donde además de salvar los cuatro pisos con el acompañamiento de gritos, música, risas, televisiones, sollozos y otros sonidos que a menudo salían de los apartamentos,  también debían sortear la fauna que frecuentaban los descansillos; fumadores de crack, vagabundos,  borrachos, putas haciendo servicios y en definitiva cualquier deshecho que la sociedad escupía.
Por fin llegaron frente a su puerta. Se detuvieron, intercambiaron una mirada en la que se deseaban suerte mutuamente y tras respirar profundamente la chica se inclinó sobre la cerradura. Metió la llave haciéndola girar lo más suavemente que le fue posible y con el mismo cuidado comenzó a empujar la puerta para abrirla muy, muy lentamente. Sin embargo, no la había desplazado siquiera un centímetro cuando de pronto, desde dentro, les llegó una voz áspera, chillona y aguardientosa que les decía:
-    ¡Ya era hora de que llegarais! ¡Llevo todo el santo día aquí sola! ¡Qué vejez me estáis dando dios mío, que vejez!
Los chicos en la puerta se miraron diciéndose que no había habido suerte y olvidando ya cualquier precaución la chica se incorporó, abrió del todo la puerta y la franqueó al tiempo que en voz alta contestaba:
-    Hola abuela. Yo también me alegro de verte.
Cerraron la puerta tras de sí y con paso y medio se plantaron en mitad del apartamento. Sucio, mal iluminado por una lámpara de pie en una esquina y flotaba un olor a rancio, humedad y viejo en el aire. La abuela estaba sentada en una silla junto a una mesa blanca de formica y les miraba desde lo que vendría a ser la cocina, indicado por una sucia cocina de gas y una nevera junto a una pared, pues las estancia donde estaban era recibidor, salón, sala de estar, cocina y dormitorio de la abuela por la noche. Un loft dirían unos, una mierda de apartamento dirían otros.
Los chicos se fueron a sentar junto a la abuela,  una abuela normal de infantería. Con su redondo moño gris en lo alto de la cabeza, la cara surcada de arrugas, el vestido gris de franela y zapatillas a cuadros de felpa de esas de andar por casa.  El chico se quitó su cazadora de piel y la tiró sobre un sofá de polipiel, eufemismo para plástico, y que aparte de los de la cocina era el único mueble de la habitación junto con una televisión vieja con antena de cuernos e imagen cargada de nieve. La chica se quedó con su sudadera roja y lo único que hizo fue quitarse la capucha antes de sentarse. Sobre la mesa había abierta una caja de cartón plana y cuadrada con algo más de media pizza que comenzaba a encogerse y secarse por llevar ya un buen rato al aire.
-    Como no veníais y yo no estoy para preparar nada me pedí una pizza para cenar. Podéis comeros eso si tenéis hambre. –Señaló con desprecio la caja y lanzando una mirada cargada de reproche al chico que tenía en frente añadió con cierto retintín en su voz.- Aunque bueno… Supongo que tú vendrás ya comido ¿no?.
-    ¡No empieces abuela, por favor! –Protestó la muchacha al tiempo que se lanzaba a por un pedazo de pizza. No tenía buena pinta pero tenía hambre y se cortó un trozo con un largo cuchillo de sierra, de los del pan, que estaba en la caja.-
-    ¡¿Pero qué he dicho yo?! ¡Si no he dicho nada! – Se quejó la abuela airadamente fingiendo un amago de llanto.- Si yo sólo preguntaba si había cenado. ¡Ay ay! ¡Si ahora resulta que no voy a poder ni abrir la boca!
-    Venga abuela, no dramatices. –Dijo la chica con indiferencia dándole un mordisco a la pizza.-
-    ¿Qué dramatizo? ¿Qué yo dramatizo? ¡Ay! –Replicó la abuela llevándose la mano a la barriga con un gesto de dolor.- ¿Ves? Mira si dramatizo. Ya has conseguido que me duela el estómago. Voy a por el antiácido.
Y dicho esto se levantó entre esfuerzos lastimeros de la silla y con la mano agarrándose el estómago se dirigió despacio hasta una pequeña alacena en la pared. Revolvió un momento en ella y al cabo regresó con un pequeño vaso de chupitos de sólido cristal en una mano y una botella transparente con un líquido incoloro en su interior. En realidad, el contenido de la botella, ese “antiácido” en cuestión, era aguardiente de orujo gallego que en manos de la abuela se convertía en una especie de tónico curalotodo, de mágico bálsamo de fierabrás que lo que ahora era un antiácido para el estómago, dentro de un rato podría ser un analgésico para la cabeza, mañana un antiinflamatorio para las articulaciones y pasado antidepresivo o reconstituyente muscular, eso dependiendo de los achaques, reales o imaginarios, que sufriera la abuela.
Se volvió a sentar la abuela entre los mismos lamentos. Destapó el tapón de corcho de la botella y llenó el pequeño vaso hasta colmarlo. Entonces, con cierta parsimonia, lo agarró con una mano se lo llevó a la boca y echando  con fuerza hacia atrás la cabeza hizo desaparecer por completo el líquido en su boca. Con un sonoro golpe seco depositó el duro vaso de cristal sobre la mesa dio un respingo con la cabeza para hacer pasar el aguardiente por la garganta y tras recostarse en la silla se dirigió a los chicos.
-    Bueno. Ya parece que me encuentro mejor. Y entonces qué. ¿Qué tal os ha ido la noche?
La chica sin decir nada, dejó sobre la mesa el trozo de pizza que mordisqueaba, se frotó las manos para limpiárselas y tras meterlas en los bolsillos de la sudadera y hurgar un rato en ellos sacó los setenta euros y el reloj POLEX arrojándolos sobre la mesa. La abuela se lanzó con avidez sobre el botín y no tardó en percatarse de lo exiguo que era.
-    ¿Pero qué es esto? ¡Esto es una porquería! ¡Con esto no tenemos ni para mis medicinas!
-    Venga abuela, no exagere. –Replicó la chica al tiempo que con una mano revolvía displicentemente el dinero sobre la mesa.- Que al menos para el orujo si que tiene.
-    ¡Ay, ay, ay! ¡Quién me lo iba a decir a mí! A mis años y pasar estas apreturas. -Comenzó a gemir lastimera la mujer llevándose las manos a la cara.- ¡Ay! Nunca debimos abandonar nuestra casa, la del bosque ¡Ay! –La mujer se descubrió la cara, cogió la botella, llenó el vaso, se lo bebió de un trago, lo dejó sobre la mesa haciéndolo sonar y tapándose otra vez la cara con sus manos retomó el gimoteo.- ¡Ay,ay! Con lo bien que vivíamos allí. Allí nunca nos faltaba de nada. ¡Maldita la hora que vinimos a este lugar! ¡Ay!
La muchacha levantó la mirada al techo como en súplica muda y con cierta rabia se metió en la boca el último  trozo de pizza. Si tenía la boca llena se libraría de la necesidad de responder. El chico, sin embargo, que había permanecido callado e indiferente como era su costumbre en estas situaciones decidió intermediar y con el tono de voz del maestro que se dirige a un alumno un poco lento le dijo.
-    Ya se lo hemos dicho muchas veces abuela. Si nos hubiésemos quedado allí nos habrían detenido y vaya usted a saber qué nos hubieran hecho. Nada bueno, seguro.
La abuela le fulminó con la mirada y el chico recordó de pronto por qué acostumbraba a mantenerse al margen en aquellas situaciones.
-    ¡Tú cállate mal bicho! –Espetó la mujer con saña soltando salivazos sobre la mesa.- Que si estamos en esta situación es por tu culpa, maldito engendro.
-    ¡Abuela! –Intermedió la muchacha.-
-    Sí, sí. Si estamos así es por su culpa. Y por la tuya. –Continuó con rabia la abuela girando la cabeza para dirigirse a la muchacha.- Estaba ese chico. El que era leñador. Te adoraba y besaba la tierra que pisabas. Un buen mocetón, alto y apuesto con un oficio normal y una vida normal. Pero no. Tú tuviste que elegir a eso. –La mujer señaló al muchacho con un dedo acusador.-  A ese demonio.
El chico cerró con fuerza los puños sobre el asiento de la silla al tiempo que los ojos con los que miraba a la mujer parecían iluminarse y tomar la forma de los de una alimaña.
La chica extendió el brazo para poner la mano sobre la rodilla del chico lo que lo tranquilizó algo, al tiempo que volvía su vista hacia la mujer.
-    Te haces la senil y la desmemoriada pero sabes lo qué pasó perfectamente abuela lo que pasa que dices esas cosas sólo para cabrearme. Aún así te voy a recordar una vez más lo que pasó. _Se inclinó sobre la cara de la abuela para que la oyera con claridad.- Ese maravilloso chico del que hablas, ese mocetón que dices tú que era tan bueno, resulta que quiso aprovecharse de mí, me negué, me pegó y luego trató de violarme y si no es por este engendro, como tu lo llamas, que me salvó no sé cómo hubiera acabado aquello.
-    ¡Pero el muy bestia lo mató! –Acusó la abuela.-
-    ¡Claro que lo mató! Si no le hubiera matado a él. Tenía el hacha de la mano. Fue muy valiente. –La chica bajó la mirada y con una sonrisa triste en la boca dejó que algunos recuerdos felices surcaran por su cabeza. Miró entonces al chico con ternura, cogió su mano entre las suyas y continuó hablando con un deje de melancólica nostalgia - Estábamos jugando, sólo eso. Si vieras que rico estaba cuando lo vi metido en tu cama, abuela, con tu camisón puesto y tu gorrito de dormir y esas orejas tan largas que me escuchaban y sus brillantes ojos que me miraban y su enorme boca que se relamía. Me ponía, me ponía mucho y no lo niego, me tenía encandilada. Qué le vamos a hacer, todo el mundo tiene sus rarezas. El caso es que oímos llegar al leñador que venía corriendo con el hacha de la mano y vociferando porque tú habías salido pitando a decirle que estaba conmigo. Lobo se pudo esconder antes de que llegara y cuando el leñador me vio allí sola en la habitación… El resto ya lo conté…. El leñador se pasó mucho y él me defendió –La chica soltó  las manos del chico y con un tono más firme en su voz volvió la vista de nuevo a la abuela.- Así que ya lo sabes. No podemos volver porque estamos acusados de asesinato del cual también tienes tú una gran parte de culpa. Así que, dadas las circunstancias, lo mínimo que podías hacer era sentirte agradecida de que tú estés aquí mantenida sin hacer nada mientras nosotros te procuramos el sustento con nuestro esfuerzo y nuestro trabajo.
-    ¡¿Trabajo?! Brfff. –Bufó la abuela sarcástica.- No me hagas reír ¿A lo que hacéis lo llamáis trabajo? Tú –Señaló a lobo.- comerte a la gente y tú –Señaló a la chica.- hacer como si haces una mamada a un pobre infeliz. Pfff… Tenías que pensar en empezar a hacer mamadas de verdad y también a levantarte esa faldita para que te follen de vez en cuando en vez de ir de estrecha. Seguro que así viviríamos mejor. –Comenzó a reírse con sonoras carcajadas al tiempo que comenzó a señalarles alternativamente con el dedo. Ora uno ora a otro- Su esfuerzo… ja,ja,ja… Y su trabajo dicen… Ja, ja, ja…
Los ojos de lobo empezaron a cambiar y sus músculos comenzaron a tensarse sobre la silla luchando contra el impulso de lanzarse sobre ella y dudaba de poder resistirse. Pero no tuvo tiempo de dudar demasiado. Antes de que pudiera darse cuenta, la muchacha se puso de pie, cogió el largo cuchilla de sierra y se situó detrás de la abuela. Con la mano libre agarró el moño gris,  tiró de la cabeza hacía atrás con fuerza y con la mano del cuchillo le hizo un lindo y profundo corte de oreja a oreja que ahogó su última risa y por el que salió disparado un rápido chorro de sangre que salpicó la mesa, los restos de pizza y al chico. La abuela mientras con el último “ja” atragantado en la garganta y con la cabeza mirando al techo  tan solo boqueaba escupiendo sangre.
El chico con la ropa y la cara manchada de sangre se quedó inmóvil, de piedra, sobre su silla. Al final pudo reaccionar, miró a la muchacha que continuaba de pie detrás de la abuela y con una mezcla de orgullo y respeto  acertó a decir:
-    A veces me das miedo.
La chica sonrió con amargura, se encogió de hombros y después de limpiar el cuchillo sobre el hombro de la abuela y sacar un pitillo de su bolsito dijo:
-    Para deshacernos del cuerpo lo mejor sería que te la comieras.
-    ¡Qué dices! –Protestó el chico.- Ahora no tengo hambre y además los viejos saben mal y son correosos y duros.
-    Si te la hubieras comido en su día ahora no estaríamos con esto. –Dijo cansada la muchacha con el cuchillo aún de la mano y un pitillo humeante en su boca  mientras se encaminaba hacia el pequeño cuarto donde dormían.- Así que ya sabes. Si no te la comes ahora te queda para mañana para desayunar.
El chico protestó molesto.
-    ¡Venga, no seas así, Caperucita!
La chica se giró como con un resorte blandiendo con furia el cuchillo en su mano y apuntando con él al muchacho.
-    ¡Nunca! ¡¿Me oyes bien!? ¡Nunca más en la vida se te ocurra volver a llamarme así! –Se dio de nuevo media vuelta, se puso la capucha de su sudadera roja en la cabeza y sin girarse y antes de desaparecer por la puerta se le oyó decir.- Caperucita hace tiempo que dejó de existir. Murió.

domingo, 16 de marzo de 2014

LA ISLA (Finales alternativos)


El  barco entero bullía en febril actividad. En su cubierta disciplinados marineros se afanaban por llevar a cabo todas las labores necesarias para fondear la nave moviéndose con asombrosa soltura entre jarcias, estays, velas y maldiciones de un siempre enrabietado contramaestre que blandía en su mano una amenazante porra que la verdad, casi nunca usaba. No hacía falta. Todo el mundo sabía lo que tenía que hacer, nadie estaba ocioso. Nadie excepto un hombre ya de cierta edad y sin duda un caballero por la ropa que vestía que ajeno al trajín que se movía a sus espaldas y apoyado con sus codos sobre la borda de estribor contemplaba, aislado en sus pensamientos,  la isla que se encontraba frente a él a poco más de media milla de distancia.
-    El primer bote cargado con sus cosas ha salido ya hacia la isla, milord.
 El hombre, sorprendido en su divagar, dio un ligero respingo y volvió la mirada. Quien había hablado sacándole de su trance fue el capitán del barco. Un hombre apuesto, de buena planta aunque quizás algo demasiado estirado en sus modales y joven o lo bastante joven al menos  como para ya tener a su mando un navío como aquel.
-    El segundo bote lo están preparando. –Continuó con ese perenne aire marcial suyo del que nunca parecía apearse.- En él irán algunas cosas que no entraron en el primero y será el bote que lo lleve a usted también… -El capitán hizo una pequeña pausa tal vez esperando mi reacción para terminar diciendo.- … si es que milord no ha cambiado de opinión, claro.
-    No capitán, no he cambiado de idea. –Sonrió de buena gana el caballero con cierta  complacencia.- Sigo queriendo ir a esa isla.
-    Entonces permítame que vaya con usted en el bote, milord.
-    ¡Oh! No es necesario que venga conmigo hasta la isla, capitán. –Replicó el caballero.- Ya se ha tomado usted demasiadas molestias por mí.
-    Insisto milord.- Para hablar el capitán se puso aún más tieso y más estirado si es que eso era posible.-  Es obligación de un capitán velar por la seguridad de sus pasajeros hasta que estos lleguen a tierra sanos y salvos.
-    En ese caso capitán, será para mí un placer que me acompañe hasta la isla.
La respuesta del caballero estaba cargada de sinceridad. En realidad, tras los modos recios y castrenses del bisoño capitán se escondía una excelente persona todo un caballero y eficiente oficial que además se saber manejar a sus hombres con puño de hierro pero guante de seda supo demostrar en varias ocasiones durante la travesía que era poseedor también de una gran pericia marinera. Y si por su, como ya hemos dicho, corta edad todo esto resultaba sorprendente, más sorprendente resultaba todavía si cabe la gran erudición y conocimientos que demostraba tener sobre gran variedad de temas, técnicas y distintas artes pues entre otras muchas habilidades el capitán hablaba cinco idiomas, sabía tocar el violín, era un magnífico jugador de ajedrez y poseía un infinito conocimiento sobre vinos, respaldado éste con una espléndida bodega, de la que el caballero tuvo oportunidad de catar algunos de los más deliciosos caldos que había  probado en sui vida, y que siempre le acompañaba en sus viajes pues como el capitán decía: “el mar es mi hogar más que ningún otro y en tu hogar te rodeas de las cosas que te hacen sentir cómodo” .
En definitiva, que  el capitán resultó ser un anfitrión de primera con el que el caballero había compartido, durante las numerosas semanas que duró el viaje, largas charlas, piezas musicales, partidas de ajedrez y vinos, lo que inevitablemente llevó a que entre ambos hombres comenzara a surgir una sincera amistad. Así que realmente era todo un placer que el capitán le acompañara.
-    Muy bien milord. –Respondió el capitán.- Entonces en quince minutos salimos para isla. –Y diciendo esto entrechocó  suavemente sus tacones, hizo una ligerea reverencia  y dándose media vuelta desapareció entre la marejada de hombres, cabos y aparejos que seguían moviéndose por cubierta.

A los quince minutos exactos, como no podía ser de otra manera, abandonaron el barco en una chalupa. En ella iban, además de varios bultos apilados en el centro, dos marineros en cada borda con sendos remos que impulsaban el bote y un par de perros, una pareja de jóvenes labradores, que inquietos y curiosos olisqueaban arriba y abajo por la pequeña cubierta. En la popa, de pie, sujetando con una mano el timón iba el capitán tocado con su sombrero de dos picos, su traje reglamentario de oficial y esa pose recia y castrense con la que parecía impregnar de una suerte de aventura épica cualquier cosa que hiciera, aunque solo fuera guiar un triste bote.
En la proa, medio de cuclillas medio sentado va el caballero con la mirada fija puesta en la isla. Mecido por el suave vaivén de un mar que les recibía pacíficamente, el caballero se dejó hipnotizar por sus recuerdos. Recuerda la playa con forma de media luna y blanca arena a la que se dirigían. Recuerda el bosque frondoso, húmedo, fresco y lleno de ruidosa vida que se extiende ladera arriba hasta un picacho pelado de vegetación y terroso desde el que se puede divisar toda la isla. Recuerda también aquel saliente de rocas a su derecha, donde van a  estrellarse las olas, tan traicionero y tan peligroso, y la razón por la que los barcos evitan siempre que pueden acercarse a esa isla. Recuerdos, todos son recuerdos que se amontonaban desordenadamente en su cabeza. Recuerdos en su mayoría dolorosos, duros. Recuerdos de penuria, peligros, hambre y desolación y a pesar de todo eso, a pesar de esos recuerdos que le hacían estremecerse hasta el tuétano, era allí donde quería ir, era allí donde quería estar.
Cuando se acercaron lo suficiente a la playa un ligero gesto del capitán con su cabeza, bastó para que sus hombres se levantaran como resortes, dejaran los remos, saltaran al agua y con el agua por encima de sus rodillas empujaran la chalupa hasta encallar en la orilla.
 Apenas se habían detenido del todo cuando el caballero con inusitada agilidad saltó hasta la blanca arena. Nada más tocar tierra aspiró el aire de su alrededor con fuerza, se agachó para coger un puñado de arena y dejarla escurrir entre sus dedos, caminó unos pasos y volvió a agacharse para recoger una concha que arrojó con fuerza al mar, caminó otros cuantos pasos y otra cosa llamó su atención y se detuvo y volvió a caminar y a detenerse y a caminar, mirándolo todo, tocándolo todo. Aquel hombre hecho y derecho parecía un niño en una juguetería.
Así, a poquitos y zigzagueando, llegó hasta donde habían dejado las cosas llevadas en el primer viaje y con impaciente determinación, encaramándose a lo alto de la pila, se puso a revolver entre los bultos buscando algo. Al fin, exclamando un ¡ajá! de satisfacción, levantó su brazo enseñando algo que agarraba con la mano. Era una sombrilla, una simple sombrilla de las que solían usar las mujeres para protegerse del sol lo que en vez de tela con estampados de colores, él la había mandado hacer de piel curtida. Saltó de las cajas a la arena y con orgullosa solemnidad la abrió, la apoyó sobre su hombro para taparse del sol y satisfecho consigo mismo se sentó sobre las cajas dejando escapar un suspiro de bienestar.
Desde aquella posición, con el mar y el cielo como único horizonte, dejó vagar su mirada con deleite hasta que en su campo de visión apareció el capitán quien, bajo un pesado sol tropical y hundiendo sus botas en la arena, avanzaba pesadamente hasta donde él se encontraba. Llegó hasta allí resoplando, colorado como una amapola y chorreando sudor.
-    ¿Quiere una de estas, capitán? –Dijo el caballero mostrando su sombrilla.- He traído más de una.
-    No muchas gracias, milord. Me arreglaré como pueda. –Contestó el capitán mientras se quitaba su alto sombrero de dos picos y con un pañuelo trataba de secarse el sudor.-
-    Le puedo asegurar por propia experiencia que este sencillo adminículo es una de las cosas más necesarias en esta isla. Por estas latitudes el sol no es cosa de broma, capitán.
-    Lo sé milord y se lo agradezco. -El capitán hizo una pausa y clavó su mirada en el caballero.- Pero solamente vengo a decirle que todas sus cosas están ya en tierra…–Otra pausa, lo que esta vez algo más duradera.-  …  y que nos disponemos a zarpar hacia el barco...
-    Vamos capitán. –Exclamó el hombre.- Dígalo ya porque sino revienta.
El capitán se colocó de nuevo su sombrero, se alisó la guerrera, carraspeó y tras poner sus manos a la espalda dijo muy solemne.
-    Verá milord. Discúlpeme si me equivoco, pero creo que durante el viaje se han creado ciertos vínculos entre nosotros que bien podríamos llamar amistad.
-    Yo también lo creo, capitán, yo también lo creo. -Respondió el caballero asintiendo con la cabeza y con una franca sonrisa.-
-    Pues bien. Permítame que abuse de esta recién adquirida amistad para decirle  a usted que lo que se propone es una auténtica locura y por enésima vez le ruego que lo reconsidere. Aún estamos a tiempo. Si doy ahora la orden de cargar de nuevo las cosas en el barco podríamos zarpar incluso antes de que cambie la marea. Sólo tiene que decir…
El hombre levantó su mano interrumpiendo el discurso del capitán y tras menear la cabeza con cariñoso paternalismo le dijo:
-    Como usted bien dice, capitán, han sido enésimas las veces que hemos hablado sobre este tema durante el viaje. Es más, desde el primer momento en que le expliqué mis intenciones usted ha tratado de convencerme de lo contrario. Y por enésima vez le tengo que decir que nada me hará cambiar de idea. Que mi decisión es firme.
-    ¡Pero milord! –Insistía el capitán como niño enfurruñado.- ¡Quedarse usted solo en esta isla! ¡Es una completa locura! ¡Un hombre de su edad.
-    Precisamente capitán y si dios me lo permite, espero y deseo acabar mis días en esta isla.
El capitán soltó un contenido bufido y movía nervioso sus manos a la espalda. Empezaba a plantearse seriamente acabar con esto por las bravas. Tan solo tenía que llamar a los marineros agarrar al caballero y meterlo en la chalupa de nuevo quisiera o no quisiera.
-    Pues me va a perdonar, milord pero es que no puedo entenderlo. –Dijo el capitán tratando de agotar todas las vías diplomáticas.- Una persona con su fortuna y con el elevado estatus social que ha conseguido. ¡Si se codea usted con lo más granado de la alta sociedad! Y no sólo de Londres sino del mundo entero.
-    Tal vez sea por eso mi querido capitán que he tomado esta decisión. –El caballero hablaba al capitán pacientemente con voz tranquila y suave, como el profesor que explica a su pupilo preferido una lección que no acaba de entender.- Conozco los dos lados. Conozco esta remota isla desierta  y conozco también lo otro… ¿cómo lo ha llamado? ¡ah sí…! “lo más granado de la alta sociedad” y puedo decirle que eso a lo que usted parece tener en tan gran consideración no son más que una panda de golfos sinvergüenzas con una brillante pátina de educación, buenos modales y buen vestir por encima pero que no dudarán en arrancarle su corazón y comérselo en vivo si tiene usted la desdicha de cruzarse en su camino o de tener algo que ellos desean.
-    Bueno, creo que exagera, milord. –Protestó el capitán balanceándose incomodo sobre sus talones.-  No digo que no se peque de algo de ambición, pero….
-    ¿Ambición? ¿Ha dicho usted ambición?. –Interrumpió airado el caballero.- Oh no se equivoque usted querido capitán. De lo que hablo no es de ambición. Es más, le diré que la ambición es algo positivo y necesario. Uno puede tener la ambición de ser médico para curar enfermedades, o la enamorarse de una mujer para formar una familia o la de fundar un negocio para que prospere… Todo eso son grandes ambiciones, loables, que el ser humano necesita para desarrollarse como tal. Sin embargo, también está en la naturaleza del ser humano la desmesura sin freno y es lo que convierte la ambición en algo pernicioso y terrible. ¿Sabe usted en que la convierte capitán?
El capitán negó con su cabeza que seguía chorreando sudor.
-     Pues la ambición, mi querido capitán, se convierte en codicia y entonces el que ambicionaba ser doctor empieza a desear más reconocimiento y dinero y comienza a realizar experimentos que transgreden cualquier ética. Al hombre de familia no le basta su maravillosa mujer y comienza a desear a la mujer del vecino. El hombre de negocios logra crear su negocio y prospera pero quiere más beneficios, hacerse más grande y comienza a explotar a sus empleados. Codicia capitán. Codicia, la madre de todos los pecados capitales. La codicia te provoca ira por no tener suficiente, envidia de no tener lo que tiene el otro. La gula, la pereza y la lujuria son en sí mismas formas de codicia…  Puedo asegurarle a usted que la codicia  es el gran mal del ser humano.
-    Creo que es usted demasiado catastrofista. -Insistía el capitán sin demasiado convencimiento.-  A lo mejor es que ha conocido a las personas equivocadas.
-    Desde luego capitán, desde luego, de eso no le quepa a usted la menor duda. -  El caballero en su asiento rió con ganas aunque con un ligero deje de amarga ironía.- Mire. He conocido personas cuyas fortunas no las gastarían en cuatro vidas de lujo y desenfreno que vivieran y sin embargo siguen deseando más, más dinero, más poder y no les importa si el resultado final es que la gente pase hambre, se queden sin lugar donde vivir o maten o mueran en guerras sin sentido, eso da igual, lo único importante para ellos es ese porcentaje de más en sus beneficios y ampliar su parcela de poder. La codicia es la que domina el mundo y han podido conmigo. No puedo vivir rodeado de todo eso e impotente. A mí me ha echado.
-    Pero venirse aquí, milord. A esta isla tan lejana. –El tono del capitán era de indisimulada suplica.- Estar tan absolutamente solo, sin compañía.
-    ¿Quién dice que no tendré compañía? Me he traído dos perros. ¿No los ha visto? Qué mejor compañía que ésta puede tener nadie.
Los perros, que andaban cerca, parecieron adivinar que hablaban de ellos y vinieron moviendo el rabo a enredarse entre las piernas de su amo. Al capitán, sin embargo, no le hizo demasiada gracia la respuesta del caballero y lo miró con clara desaprobación. Como al niño que acaba de decir un taco.
-    No se enfade capitán. –Sonrió el hombre mientras acariciaba a los perros.- Vera usted. Como bien sabe yo ya he estado en esta isla por bastante tiempo y en aquel entonces solo dependía de mí y de mi esfuerzo. Cultivaba y criaba de lo que me alimentaba y le aseguro que me sabía a pura ambrosía. Las comodidades las lograba a base de trabajo, sudor e ingenio. Cosas simples, toscas pero que me provocaban mayor alegría y satisfacción que todas las sedas y joyas del mundo. En esta isla descubrí que una persona puede vivir con lo que la naturaleza y la vida le ofrecen, sólo hay que escucharla, integrarse, entenderla. En esta isla sentí una sensación única, maravillosa, la grata sensación de sentirse uno bien consigo mismo, algo que no me ha vuelto a ocurrir desde que volví a aquel “otro mundo”. Y por eso estoy aquí capitán, para reencontrar esa sensación, para volver a sentirla y, como le dije, si es posible y dios lo quiere, morir con ella..
El capitán bajó la mirada y con la puntera de la bota removió inquieto la arena sin saber que decir. Finalmente levantó la mirada para mirar al caballero y extendiendo su mano hacia él comenzó a decir
-    No me cabe duda de que no le voy a convencer, así que milord….
-    ¡Venga capitán! ¡Pero no va a apearse usted nunca del tratamiento, tanto milord y tanta gaita –Interrumpió el hombre poniéndose de pie.-
-    Está bien, esta bien. –Sonrió el capitán.- Pues permítame decirle señor Crusoe…
-    Robinson. Simplemente Robinson está bien.
-    Pues entonces solo me queda desearle la mayor de las suertes, Robinson Crusoe.

domingo, 29 de diciembre de 2013

Ya no Quedan Héroes

La operación resultó ser un fracaso total, un tremendo desastre. Lo que iba  a ser un hábil golpe de mano rápido y limpio, se había convertido en una tremenda torpeza, un fiasco descomunal, una carnicería inútil. Tenían confirmada la de muerte de seis comandos y una baja más que, antes de tener que retirarse, habían estado oyendo maldecir, chillar y disparar hasta que todo se quedó en silencio. Suponen y esperan que, en el mejor de los casos, haya muerto antes de caer prisionero. Caer prisionero no sería bueno para él. Nada bueno. Conocen a sus enemigos y lo último que querrían sería caer vivos en sus manos. Por este motivo todos llevaban una bala guardada, la última bala. Una bala que llegado el momento les debía abrir la única vía de escape razonable.
Pero ese momento no ha llegado todavía, al menos para cinco de ellos que se retiraban ladera arriba. Dos de ellos cubrían la retaguardia con las miradas y los cañones de sus armas apuntando constantemente a sus espaldas, atentos a cualquier cosa que pudiera surgir de la noche que les rodeaba. Y en la vanguardia de este mermado grupo, sólo unos pocos pasos por delante, otros dos soldados caminaban penosamente entre lo escarpado del terreno llevando en volandas a un herido. El hombre iba con los brazos abiertos apoyados en los hombros de sus compañeros, sentado sobre sus brazos entrelazados de modo que sus piernas colgaban en el aire y a cada paso que daban el herido gemía, farfullaba e intentaba ahogar sus propios gritos apretando los dientes. Un disparo en la pierna le había partido la tibia en dos mitades y aunque habían conseguido cortar la hemorragia a base de torniquetes, con el bamboleo del avance la pierna que le colgaba como un pingajo bailaba y adoptaba posiciones que iban contra natura.
-    ¡Parad, por favor, parad un momento! –Suplicaba el herido sin dejar de apretar los dientes.- Necesito descansar un minuto, solo un minuto para recuperarme.
-    ¡No tenemos un minuto! –Replicó jadeante y sin detenerse uno de los que le transportaba.-  ¡Han soltado a los perros!  ¡Los tenemos justo detrás! ¡No los oyes!
No, él no oía nada. Su mente estaba nublada por un dolor que le cubría todo el cuerpo y tan sólo podía escuchar el palpitar furioso de su corazón en las sienes. Las fuerzas le faltaban hasta para seguir suplicando por lo que bajó la cabeza y cerró sus ojos con fuerza luchando por ignorar el dolor. Pero apenas habían dado una decena más de pasos cuando uno de ellos trastabilló ligeramente. No llegaron a caer, pero el movimiento fue lo suficientemente brusco como para lograr que, con el vaivén, la pierna del herido tocara con la puntera de la bota su propia rodilla. El hombre abrió sus ojos y dientes para dejar escapar un terrible grito de dolor compendio de todos los gritos que hasta entonces había procurado reprimir.
-    ¡Dejadme por dios! ¡Dejadme! –Gimió suplicante con sus ojos anegados en lagrimones de dolor.-
Los hombres que lo transportaban, impresionados y conmovidos por sus gritos y suplicas, intercambiaron una mirada y  uno de ellos hizo un ademán con la cabeza indicando la dirección a seguir. Se desplazaron rápidamente un poco a la derecha, hacia una gran roca que sobresalía del terreno. La roca era lo suficientemente grande para protegerlos a todos y su ubicación era perfecta para defenderse de todo aquello que subiera por la ladera. En términos militares aquel lugar podría definirse como una posición defensiva óptima.
Entre lamentos y quejidos sentaron al herido en el suelo con la espalda apoyada contra la roca y lo primero que hizo fue llevar ambas manos a su pierna torcida y entre muecas de dolor tratar de colocarla para darle, al menos, una apariencia normal de rectitud.
No tardaron en unirse los hombres que cubrían la retaguardia y los cuatro, tras la roca, rodearon al herido a quien contemplaron por un instante en silencio. No necesitaban decirse nada, todos eran veteranos fogueados en mil batallas y sobraban las palabras. Tan solo un intercambio de miradas unos gestos de asentimiento con la cabeza y todo estaba dicho. Las cuatro siluetas negras que se recortaban sobre el oscuro cielo nocturno empezaron a sacar su munición de sobra. Cargadores, alguna que otra granada, un fúsil M4 ligero, con rápida cadencia de disparo y letal y todo lo fueron depositando a mano del herido.
-    ¿Qué hacéis? –Preguntó mirándoles extrañado y sin soltar su pierna.- ¿Por qué me dais todo esto? ¿En qué estáis pensando?
El que estaba al mando, un soldado raso pero que por eliminación había quedado como el más veterano y por tanto el de mayor rango, metió un cargador con un golpe metálico en el M4 y poniéndolo de pie apoyado en la roca junto al herido le dijo:
-    Pensamos en la única posibilidad lógica. Lo siento.
-    ¡Cómo que lo sientes! ¿Qué significa que lo sientes? ¡¿Qué pretendéis?! ¿Dejarme aquí solo? –Protestó el herido con sus mermadas energías.- Aquí apechugamos todos cómo está mandado.-Dijo.- ¿¡Dónde está el “siempre fiel” y todas esas chorradas?! ¡Mirad! –Golpeó la roca con la palma de su mano.- Donde estamos es una buena posición. Fácilmente defendible. Entre todos podemos plantarnos aquí y mantener a raya a esos hijos de puta hasta que vengan a ayudarnos.
-    Es inútil. Sabes perfectamente que oficialmente nadie sabe que estamos aquí  –Dijo el jefe en un tono que intentaba sonar sereno.- Nadie va a venir a ayudarnos. Moriríamos todos tarde o temprano… Sin embargo… Si tú quieres…
-    ¡Si yo quiero qué! –Interpeló el herido.-
-    Si tú tuvieras el gesto de… Ya sabes… El héroe que se queda al final cubriendo a sus compañeros…Como en la novela esa del Hemingwhay… La de “Por quién doblan las campanas”
-    ¡Las campanas van a doblar por tu puta madre si quieres! ¡Agorero! – Protestó el herido que casi se había olvidado de su pierna y gesticulaba con sus brazos muy abiertos.- Yo no quiero quedarme aquí solo. No quiero morir.
-    Venga hombre. –Trató de interceder otro de los soldados.- Serás un héroe, como los de las películas.
El herido lo imitó con un amargo gesto de burla.
-    Como los de las películas, como los de las películas... Entérate chaval,  esto no es una jodida película, esto es la vida real y en esta vida real yo estoy casado y tengo dos hijos a uno de los cuales aún no he conocido por estar aquí de servicio. –Se tranquilizó un instante, bajó la cabeza y con una voz llena de amargura y nostalgia añadió.- Coger a mi hijo recién nacido en brazos, esa es la única película de la que quiero ser el héroe.
Los cuatro hombres de pie guardaron silencio, cabizbajos, pensativos, quizás avergonzados, tal vez ansiosos. El herido volvió a hablar sereno pero firme, con un tono más cercano al mandato que a la súplica.
-    Pues si no defendemos todos juntos la posición entonces llevadme con vosotros.
-    Si tenemos que cargar contigo no lo lograremos, nos cazarán como a conejos. –Replicó uno de los soldados.-
-    Lo mismo que si vais solos
-    No. Y tú lo sabes. –Intervino el jefe.- Solos podremos ir más deprisa y si además tú los aguantas lo suficiente… Nosotros cuatro podríamos salvarnos.
-    ¡Y una mierda! ¡¿Por qué no te quedas tú a aguantar al enemigo mientras los demás escapamos? Aún estando herido yo también tendría una posibilidad.–Protestó el herido echándose las manos de nuevo a la pierna con un gesto de dolor.- Joder que fácil jugáis con la vida de los demás.  En esto estamos todos juntos ¿no? Pues aquí, por mis hijos, que nos salvamos todos juntos o morimos todos juntos.
-    Ya está bien de tanta tontería. No sé qué hacemos discutiendo con un cadáver. Porque es un cadáver aunque no lo acepte. –Habló un soldado con claros signos de estar perdiendo la paciencia en parte por la conversación y en parte porque el ruido de los perseguidores sonaba cada vez más cerca.-Nosotros nos vamos y aquí te quedas. Si quieres puedes morir luchando o dejar que te maten como a un perro. Eso tu verás.
El soldado que había hablado se colocó la mochila y recogió el equipo que había dejado en el suelo incluido lo que en un principio iba a dejar al herido. Los demás le imitaron sin decir nada.
-    Os habéis olvidado de que existe otra opción. –El herido, antes de que se lo quiataran, cogió el M4 que tenía a su lado, lo amartilló con dos chasquidos metálicos ¡clan-clan! y dirigió el cañón hacia sus compañeros diciendo.- Os puedo matar yo mismo, aquí y ahora.
Los hombres se quedaron mirándolo como si el tiempo se hubiera congelado. Uno con la mochila a medias de poner, otro aún agachado cogiendo las cosas del suelo, el tercero iba a dar el primer paso cuando se detuvo.
-    ¡Estás loco! ¡No te atreverías! –Exclamaron casi al unísono.- Además qué ganarías con eso.
-    ¿Qué que ganaría? No morir solo. Que todos compartamos el mismo final sea el que sea. Morir pensando que para mí ha sido malo pero para los demás también. Que no había nada más que hacer. Morir, en definitiva, consolado con la idea de que todos hemos corrido la misma suerte. –Un mueca despectiva parecida a una sonrisa apareció en su rostro.-  Triste consuelo, lo sé, pero consuelo al fin y al cabo.
Todos le miraron con un gesto furioso cargado de desprecio.
-    ¡Maldito hijo de puta egoísta! ¡Eres una bestia inhumana!
-    Al contrario, al contrario. –Contestó el herido sentado con la culata del fusil apoyada en su cadera y el cañón apuntando al que había hablado.- Soy una persona muy normal. Un humano de lo más corriente y como tal me comporto.
-    ¡Bah! Está loco y desvaría por culpa de la herida. Vámonos de aquí. No se atreverá a disparar.
Y dándose media vuelta comenzó a caminar ladera arriba. Los demás duraron por un momento pero los ladridos de los perros y gritos de hombres, que se sentían ya demasiado cerca, terminaron por convencerlos y también dieron media vuelta para iniciar la huída.
¡Ra-ta-ta-ta-ta! Una larga descarga sonó en el oscuro silencio de la noche como si fueran cañonazos y los cuatro hombres cayeron sin estar seguros siquiera de donde habían venido los disparos. Uno de ellos aún tenía un pequeño hálito de vida y fuerzas suficientes para levantar la cabeza y dirigir la mirada al herido, su compañero, que les acababa de disparar. Allí estaba, sentado en el suelo con la espalda apoyada en la roca y el fusil aun humeante apuntando hacia ellos. Más atrás, siniestras sombras se movían a su alrededor y rodeaban la roca acercándose. Ya estaban ahí. El soldado moribundo vio entonces al herido levantar el fusil apoyar el cañón caliente en su barbilla lo que le arrancó un grito de dolor y apretar el gatillo. Clic. Clic…. Clic… No pasaba nada. Había vaciado el cargador y olvidado la regla básica de aquella misión, dejar la última bala para uno mismo.
-Mira por donde el muy cabrón no va a tener una muerte fácil
Aquello fue lo último que llegó a pensar el soldado que yacía en el suelo. Después, con el muy humano consuelo de la desgracia ajena, con el racional alivio de que lo del otro será peor, con un rictus en su boca algo parecido a una sonrisa, el soldado expiró.



jueves, 5 de diciembre de 2013

Cuando los Dioses se Aburren

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Que un dios bostece no es bueno. Que lo haga varias veces seguidas es un pésimo presagio y si además quien emite esos profundos, graves y prolongados bostezos es Zeus, dios de dioses, entonces la catástrofe es segura  sólo falta saber qué, dónde y cuándo.
-    ¡¡Me aburro!!
Bramó el padre de dioses con su poderosa voz haciendo temblar los cimientos del mismo Olimpo. Sus acólitos y la pequeña corte que le acompañaban, héroes, musas, ninfas, otros dioses, etc., conociéndolo como lo conocían, comenzaron a abandonar sigilosamente el lugar escabulléndose en silencio entre las columnas de marfil, las gradas de mármol,  los tronos de oro y la vaporosa atmósfera cargada de nubes de aquel lugar. Todos temían lo que pudiera pasar y nadie quería quedarse para averiguarlo. Ni Ares, dios de la guerra, que se alejó caminando de espaldas, sin perderlo de vista y con la mano apoyada en su mágico arco, ni Hermes, el de los alados pies, que levantó silencioso vuelo. Tampoco Hera, su hermana y esposa, quiso saber nada convirtiéndose en humo que se cuela entre las rendijas o su hija Afrodita, que simplemente se desvaneció en el aire, deseaban estar presentes cuando su adorado pero también temido Zeus empezara a hacer de las suyas.
Tan solo Hades, dios del inframundo y hermano del Crónida, decidió quedarse sentado sobre su trono esperando a ver que pasaba. También Hades le teme, ¿quién no teme al hacedor de truenos? Pero su desgana, su curiosidad y, sobre todo, su interés le empujaron a quedarse. Sabe que las salidas de tono de su hermano siempre conllevan funestas consecuencias. Guerras, cataclismos, enfermedades, muerte… es decir, el caudal del río Aqueronte a rebosar y eso para Hades es pura música.
Ya sólo quedan ellos dos y desde su asiento Hades guardó silencio y observó a Zeus como, vestido con su túnica blanca de vaporosa tela que parecía que apenas rozaba el suelo, ligeramente encorvado y con las manos en la espalda, paseaba arriba y abajo sobre el níveo mármol de aquella estancia mientras que, entre barbas, no dejaba de mascullar.
-    Malditos humanos. Me aburren. Ya no son lo que eran. Algo no funciona. Algo no va bien. –Se detiene y baja su mirada para clavarla en un pequeño estanque mágico que hay a sus pies y en cuyas argentinas aguas puede observar todo lo que en ese momento está ocurriendo en la tierra.- ¡Ahí los tienes! Se cansan, se acomodan, dejan de luchar, de sufrir y por consecuente dejan de creer en nosotros. La molicie les invade, ya no importa las tierras que pueda acaparar tal rey o tal cacique, que aquella doncella sea secuestrada o las calamidades que puedan caer sobre su cabeza, se acostumbran, se adaptan y viven con lo que haga falta sin necesidad de nada más. –Con furia levanta su brazo aprieta el puño y un rayo descarga  sobre las, hasta entonces, prístinas y tranquilas aguas que ahora se levantan y agitan con furor. Al tiempo, en la tierra, los humanos sufrieron un devastador terremoto.-
Hades se divertía, a duras penas podía ocultarlo. El ver al todopoderoso Zeus, señor del cielo llevado por la furia era un espectáculo digno de contemplarse, no había duda, pero creyó el momento de intervenir así que levantándose y dirigiéndose hacia donde el estaba le habló de esta manera.
-    Calma querido hermano, calma. Si sigues así los humanos no podrán divertirte pero tampoco aburrirte porque acabarás con todos ellos.
Zeus giró su cabeza extrañado y miró a Hades como si acabara de darse cuenta de que estaba allí.
-    Puede que tengas razón. – Bufó Zeus indignado aunque su rostro pareció serenarse y sus puños aún apretados se relajaron. –
-    Si mi poderoso hermano quisiera compartir sus tribulaciones conmigo, tal vez juntos pudiéramos hallar una solución a lo que te quebranta. –Dijo Hades en conciliador tono de voz al tiempo que se paraba junto a su hermano frente al estanque.- 
-    ¡Pero míralos¡ ¿Es qué acaso no los ves? ¡Míralos! ¡Míralos!  –Habló el padre de dioses con su rostro aún rojo de ira y dirigiendo las palmas de sus manos abiertas hacia el estanque.- Ahí los tienes.  Viviendo tranquilamente ajenos a su vecino, a lo que les rodea y, lo peor de todo, de espaldas a nosotros. Yo no quiero esto. Quiero guerreros batiéndose continuamente, quiero odio entre pueblos, quiero que las afrentas no se olviden a pesar del tiempo o la distancia que pueda haber. Quiero fanáticos dispuestos a sufrir y a morir en mi nombre sin dudarlo, sin importar la excusa. Quiero que su propio odio, su avaricia y ferocidad les lleve irremediablemente a implorarme, a suplicarme.
Hades esbozó una amplia sonrisa y en tono de confidencia de dirigió a Zeus
-    Tal vez, querido hermano, tenga yo una idea que pueda servirte.
Zeus le miró entre extrañado y curioso y con solemne gesto de cabeza le conminó para que siguiera hablando.
-    Es un plan laborioso y necesita de varias fases. Pero apuesto por su eficacia mi señor.
-    Prosigue.
-    Bien. Lo primero, fuera tantos dioses diferentes y tanto culto extraño. Un único dios y una sola creencia.
-    ¡Cómo dices! –Exclamó Zeus con asombro sincero.-
-     Hazme caso. Con tanto diosecillo que adorar y tantas supercherías diferentes las creencias aflojan y las lealtades pierden fuerza. Un dios único omnipotente y todopoderoso. –Hades hizo una pausa y con una sonrisa traviesa en su rostro terminó diciendo.- Y no necesito decir quién sería ese dios.
Zeus guardó silencio al tiempo que, atusándose su lengua barba blanca, trataba de sopesar en su cabeza las posibles consecuencias. Por fin preguntó
-    ¿Pero qué dirán los demás a esto? Qué dirán Apolo o Afrodita o Hermes o… ¡Poseidón! ¿¡Qué dirá nuestro hermano Poseidón de todo esto!?
-    Oh gran Zeus. Si esa fuera tu poderosa voluntad tendrían que aceptarlo. ¿No crees? Al fin y al cabo tú eres el dios de dioses. El que manda aquí ¿no? El jefazo. –Remató Hades acompañado con un ligero codazo cómplice a Zeus.-  Además… Ya se nos ocurrirá algo… Qué sé yo…  Los podemos hacer ángeles o espíritus o santos o ....
-    Vale, vale. –Interrumpió el hacedor de rayos.- Supongamos que hacemos lo que dices. No veo yo cómo esto podría garantizarnos la plena dedicación y fe ciega por parte de los humanos que queremos.  
-    Bueno… Ahora vendría la siguiente parte del plan.
-    ¿Y es?
-    Ofrecer a los humanos un caramelito.
-    ¿Un caramelito?
-    Sí. Una recompensa si se portan bien y hacen lo que les digas. Un premio que no pudieran rechazar.
-    Y, por el monte Olimpo, qué clase de “caramelito” sería ese. –Preguntó Zeus cada vez más intrigado con el plan de Hades.- Ya hemos visto que la ambición del ser humano es voluble y caprichosa. Para lo que a unos es mucho a otros le puede parecer poco. Además, no podemos dar infinitas riquezas a cada humano. Sería inútil e imposible.
-    Yo no me refería a riquezas y tesoros, gran Zeus. –Contestó Hades ampliando su sonrisa traviesa hasta convertirla en maléfica.-
-    ¿Y a qué te refieres entonces. –Se extrañó Zeus.-
-    Piensa un poco. ¿Qué es lo que los humanos más aprecian. Lo que cuidan con más ahínco? ¿Qué es lo que les hace llegar hasta límites insospechados por no perderla, por salvaguardarla?
-    Mmmm. –Múrmuro el dios sin acabar de comprender.-
-    Enfoquémoslo de otro modo. Poderoso hermano. –Insistía Hades.- ¿Qué es lo que los humanos más temen, más les horroriza porque saben que nadie escapa a ella, ni ricos ni pobre, que es inevitable.
En la mirada de Zeus se apreciaba que seguía sin entender lo que Hades decía.
-    Ay querido hermano. –Dijo Hades echando un brazo por encima del hombro de Zeus.- Serás el dios del trueno y del relámpago pero a veces que pocas luces tienes.
Zeus bramó de rabia, se irguió quitándose de un golpe el brazo de Hades al tiempo que de sus manos abiertas empezaban a salir temibles chispas y sus ojos se encendían rojos de furia.
-    ¡Vale, vale querido hermano! –Suplicó Hades tapándose el rostro con los brazos y comprendiendo que se había equivocado con ese exceso de confianza.- Te pido humildemente perdón por mi arrogancia. Ha sido un error que no volverá a suceder.
Zeus lo miraba desafiante desde la posición privilegiada de su elevada estatura y guardaba silencio. Hades, poco a poco, fue abriendo los brazos y descubriendo su rostro hasta terminar con las palmas de las manos abiertas hacia Zeus en señal de rendición.
-    Me refería, oh gran Zeus, a su vida. –Dijo Hades sin bajar los brazos.- Los humanos lo que más aprecian es su vida y  lo que más temen es a la muerte.
-    ¿Y qué pretendes? –Habló Zeus con un claro tono de enojo.- ¿Qué hagamos a todo el mundo inmortal? Eso es imposible. La tierra no lo soportaría.
-    No, mi señor. Me refiero a decirles que hay otra vida después de esta. Ofrecerles una vida mejor, inmortal y cargada de placeres y cosas buenas. ¡Un paraíso eterno!
-    ¡Pero eso es mentira!
-    Lo sé señor. Pero no creo que cuando lo descubran estén en posición de quejarse ni  de contar la verdad a nadie. ¿No cree?
Zeus calló manteniendo por un instante su posición amenazadora frente a Hades hasta que, poco a poco, según iba digiriendo lo que el dios del inframundo le había dicho, en su rostro torvo y feroz fue apareciendo lentamente una sonrisa de complacencia.
-    Bueno… -Dijo suavemente al fin retomando de nuevo su aspecto de venerable y casi débil anciano.- Quizás con algunos que se lo merecieran de verdad podríamos hacer algo. Ya veríamos.
-    Efectivamente, mi señor. –Hades bajó las brazos relajándose también.- Los pequeños detalles los iremos puliendo con el tiempo.
-    La idea me va gustando, no digo que no. –Retomó la conversación Zeus con las aguas vueltas de nuevo a su cauce.- Creo que ese “caramelito”, como tú lo llamas, es lo suficientemente atrayente como para ganar sus voluntades, pero nada más. Se dedicarían a pasar la vida tranquilamente siendo buenos, adorándome y esperando pacientemente el día de su muerte.
-    Efectivamente, señor, su perspicacia no encuentra límites, pero ahora viene la tercera parte de mi pla… quiero decir, de nuestro plan. Es la parte maestra, el toque genial. –Hades hizo una pausa dramática para dar más tensión al momento y disfrutó por un instante viendo a Zeus ansioso y expectante.- El tercer paso sería, al poco tiempo, crear otro dios verdadero, con prácticamente las mismas creencias, ritos, derechos y obligaciones. Pero añadiríamos pequeñas diferencias entre uno y otro, sobre todo en los rituales y costumbres pero suficientes para que unos y otros se odien mutuamente hasta la muerte.
-    ¿Dos dioses iguales? –Preguntó Zeus sin acabar de comprender.- ¿Pero entonces cuál sería el verdadero?
-    Los dos… O ninguno… ¿Qué más da? –Se encogió de hombros Hades.- Eso es igual. En realidad son el mismo perro con diferente collar.
Zeus reflexionó por un instante para acabar diciendo.
-    No lo acabo yo de ver. No tengo muy claro que llegara a funcionar. No lo veo… No lo veo… -Repetía tercamente el gran dios mientras negaba con su cabeza.-
-    Tan solo imagina una cosa, poderoso hermano. –Insistió Hades seguro de su idea.- Imagina por un momento que les decimos a los fieles creyentes de cada uno de esos dioses que todo aquel que, por su dios, defienda sus creencias aunque sea a costa de matar al otro o de morir él mismo, ganará inmediatamente,  sin preámbulos  el derecho a ese edén eterno. Si decimos eso a los humanos, oh dios de dioses, ¿tú qué crees que conseguiríamos?
Zeus se atusó la barba mientras miraba a Hades con una maliciosa sonrisa en su divino rostro y casi en un murmullo terminó diciendo.
-    Fanáticos.
-    ¡Fanáticos! –Apostilló Hades en alta voz por si acaso no hubiera quedado suficientemente claro.-
-     ¡Ja, ja, ja! –Resonaron las profundas carcajadas de Zeus haciendo retumbar el Olimpo como antes lo habían hecho sus quejas.- Siempre fuiste el más listo de todos mi querido Hades. Tengo que reconocerlo. Yo soy más guapo y poderoso pero no hay duda de que tú eres el más listo. De todos modos. – Zeus volvió a reír sonoramente y echó amigablemente su poderoso brazo por encima de los hombros Hades.-  Y precisamente por eso, porque eres demasiado listo, tengo algo que preguntarte: ¿Y tú? ¿Qué ganas con todo esto?
Hades, de reojo, miró desconfiado el brazo de su hermano ya que juraría que su presión sobre sus hombros fue en aumento según Zeus le hacía la pregunta, por eso antes de contestar tragó saliva.
-    Está claro, mi señor. Los dos dioses tendrán cosas diferentes y diferentes ritos pero ambos tendrán algo en común…
-    ¿Y qué es esa cosa si puede saberse?
A Hades le brillaron los ojos de avaricia antes de responder.
-    Los dos tendrán un infierno. –Dijo.- Y ese mundo es mi mundo.
 Zeus lo miró divertido y de nuevo magníficas carcajadas brotaron de su garganta al tiempo que daba una sonora palmada en la espalda de Hades que, aunque amigable, el golpe casi le hace perder el equilibrio.
-    Vamos querido Hades. –Dijo Zeus al tiempo que comenzaba a caminar dejando a Hades un poco atrás mientras recuperaba el aliento.- Brindemos con ambrosía por nuestro nuevo plan. Un plan que cambiará el mundo. No hay duda.
-    Hablando del mundo. –Comenzó a hablar hades al tiempo que aceleraba su paso para poder situarse junto a Zeus.- Precisamente quería comentarte que creo que es hora de ampliarlo, expandirnos. Salir de Grecia. Los humanos deben empezar a saber cuan grande es el mundo donde viven. Poner en contacto a los pueblos, que se conozcan, que interactúen. A más personas más creyentes y más opciones.
-    Bien… Bien… -Contestó Zeus.- Así el amor hacia nosotros y el odio entre ellos se retroalimentará. Lo veo bien…
-    Precisamente da la casualidad de que le tengo echado el ojo a un pueblo emergente con ínfulas conquistadoras que nos pueden venir bien. –Repuso Hades mientras ambos seguían avanzando.- Creo que se hacen llamar romanos y me parece que con algo de ayuda nos pueden servir…
-    Perfecto, perfecto… Será nuestro primer paso. -Contestó Zeus visiblemente satisfecho y al tiempo que de nuevo echaba su brazo por los hombros de Hades añadió.- ¿Sabes qué creo mi buen Hades?
-    ¿Qué mi señor?
-    Creo que esto de los dos dioses va a estar divertido, pero que muy divertido.
-    También lo creo yo, también lo creo.
Y entre conversaciones y risas ambos abandonaron para ir a echar un vistazo a esa península con forma de bota que descansa sobre el mar.

jueves, 24 de octubre de 2013

El Agujero


Aquí mismo parece un buen lugar. En la cima de una pequeño cerro no excesivamente alto y con suaves laderas de pendiente no muy pronunciada. La vista es buena, el azul luminoso del cielo y el verde brillante de la tierra se discuten el horizonte y justo a mi lado un gran abeto centenario me regala una sombra generosa. Me quito la chaqueta y la camisa que doblo y coloco cuidadosamente al pie del gran árbol. En camiseta y con la azada al hombro avanzo unos pasos buscando la ubicación exacta. Me detengo. Miro el suelo de mí alrededor y giro sobre mí mismo con los brazos en cruz tratando de calcular mentalmente las dimensiones que ha de tener. Finalmente me decido, dejó de dar vueltas y doy un par de cortos pasos laterales para situarme en lo que en mi cabeza veo como el centro. ¡Perfecto! ¡Aquí¡
Escupo en mis manos, las froto, agarro la azada con fuerza, la elevo sobre mi cabeza y la dejo caer. ¡Chas! Cruje la tierra bajo el primer golpe que la hiere. ¡Chas! El segundo golpe. La tierra es húmeda, esponjosa, oscura y cada dentellada de la azada arranca gruesos trozos. ¡Chas! Son golpes secos, recios, sólidos que hunden la azada hasta la madera. Al instante empiezo a coger ritmo. ¡chas! ¡chas! ¡chas!. El ritmo es pausado pero constante, firme, obstinado, con la perfecta cadencia de un metrónomo que marca el compás… ¡chas! ¡chas! ¡chas!. Pronto empiezo a sudar, gruesos goterones caen por mi cara y siento correr el sudor por la espalda. El trabajo duro calienta mis músculos los tonifica y vigoriza y esa sensación me gusta. ¡chas! ¡chas! ¡chas!. Prosigo cavando sin descanso y profundizo rápidamente. Antes de darme cuenta el borde del agujero me llega por la cintura y cuando hago el primer descanso y me incorporo me sorprendo al ver que ya tengo la línea de tierra a la altura de los ojos. El rápido avance me incentiva aún más y apenas paro para dar un trago de agua. En seguida reanudo la tarea. ¡chas! ¡chas! ¡chas! sin perder el ritmo, manteniéndolo tercamente ¡chas! ¡chas! ¡chas!… cava que te cava.
No sé el tiempo que pasó hasta que de nuevo decidí hacer una pausa, pero al levantar la mirada no podía creérmelo. La distancia hasta el borde se había más que doblado. Otra persona igual de alto que yo que se subiera a mis hombros y estirara los brazos no llegaría al borde y el cielo ahora no era más que un rectángulo azul y brillante encima de mi cabeza. Me senté recostando la espalda contra la pared, cerré los ojos y escuché. Silencio. La tierra porosa absorbía los ruidos y yo, mansamente, me dejé rodear por aquella silenciosa atmósfera tibia, ligeramente húmeda y extrañamente agradable. Aún así no me parecía lo suficientemente profundo, no podía detenerme ahora, había que continuar. Me levanté de un brinco, escupí en mis palmas que a pesar de tenerlas en carne viva inexplicablemente no me dolían y proseguí cavando y cavando… ¡chas! ¡chas! ¡chas! Y profundizando.
En un momento dado sentí que algo tapaba la cada vez más exigua luz que me llegaba y que una sombra comenzó a moverse a mi alrededor. Lo ignoré y proseguí incansable con la tarea hasta que de pronto oir gritar a alguien arriba.
-    ¿Hola?.
-    Hola. – Contesté. No era necesario ser maleducado o al menos no del todo. Aunque eso sí, no dejé de cavar y ni levanté la cabeza siquiera, -
-    Hola. –Insistió el hombre.- ¿Puedo preguntarle que hace?
-    Cavo. -¡chas! ¡chas! ¡chas!-
-    Eso ya lo veo. ¿Pero qué cava?
-    Pues un agujero. -¡chas! ¡chas! ¡chas!-
En ese momento, otra nueva sombra se unió a la anterior y escuché como hablaban. “¿Qué hace? “ Dijo la nueva voz. “Dice que un agujero” contestó la conocida. “Pero y por qué” interrogó el recién llegado. El silencio que siguió supongo que fue debido a la ignorancia de su interlocutor así que el  segundo desconocido decidió informarse de primera mano.
-    ¡Oiga! –Gritó.- ¿Por qué está haciendo este agujero tan enorme?
-    Porque puedo y quiero. -¡chas! ¡chas! ¡chas!-
-    ¿Pero que busca? –Insistó el hombre.-
-    Nada. No busco nada.
Dejé de cavar un momento y me incorporé. La pregunta de aquel hombre me hizo pensar. Mi mirada vagó más allá de la pared que tenía en frente y comencé a hablar más para  mí mismo que para el desconocido.
-    Hace tiempo sí que busqué. Ya lo creo que busqué. Busqué amistad, sinceridad, comprensión, amor, entendimiento, generosidad, bondad. Busqué reconocimiento, dignidad, lealtad, justicia. Busqué y busqué. Busqué hasta hartarme. Pero me cansé de no encontrar. Ahora ya no busco nada. Simplemente cavo. –Y doblando la espalda seguí a lo mío. ¡chas! ¡chas! ¡chas!.-
Cada vez más y más personas  se iban acercando a los límites de mi agujero y sus sombras me hacía cada vez más difícil el ver y el seguir cavando. Aún así yo no cejaba en mi empeño. Al contrario, ver todas aquellas personas me hacían cavar aún más deprisa en el intento de poner la mayor distancia posible entre ellas y yo. ¡chas!¡chas!¡chas!  aceleré mi ritmo.
-    Ay pobre. Qué será lo que está pasando por su cabeza. –La voz era la de una mujer y por su tono maternal, algo mayor.- Pero hijo. ¿Qué te pasa? ¿Para qué haces esto?
-    Para defenderme señora. -¡chas! ¡chas! ¡chas!-
-    ¿Defenderte hijo? ¿Defenderte de quién? –La mujer
-    Defenderme de la crueldad, de la envidia, la avaricia, la traición, la injusticia, la humillación. -¡chas! ¡chas! ¡chas!- En definitiva, señora, de todo lo que hay por ahí arriba.
-    ¡Ay hijo! Pero si aquí arriba sólo hay gente que quiere ayudarte.
-    Eso es precisamente lo que me preocupa, señora.- ¡chas! ¡chas! ¡chas! -  
-    Ay por qué dices eso. –Insistía la señora en un tono lastimero y tierno.- Eres joven, sano, tienes mucha vida por delante. Seguro que habrá cosas buenas, cosas por la que poder ilusionarse.
-    Lo que me ha enseñado la vida de la que usted habla -¡chas! ¡chas! ¡chas!- es que las cosas buenas son un espejismo y que  las ilusiones duelen.
-    Pobre chico –Decía en voz alta mesándose los cabellos al tiempo que por lo bajini, creyendo que no la escuchaba, susurraba: “Este chico está loco. Para atar”.
Supongo que la especial acústica del agujero me permitía escucharles mejor de lo ellos creían y murmullos y palabras de asentimiento de todos los que estaban alrededor llegaron hasta mis oídos,. “Como una cabra” decía uno. “Déjalo que se pudra”, decía otro. “Qué raros son algunos” apuntillaban más allá. De pronto otra mujer, en esta ocasión más joven que la anterior, elevó el tono de su voz para dirigirse a mí.
-    Venga muchacho. Deja que te ayudemos. –Dijo al tiempo que clavaba el tacón de su zapato en el borde del agujero haciendo soltar un terruño que cayó al interior.- Si lo hacemos por tú bien.
 El resto de personas que allí se habían congregado y que resultaron ser no pocas, empezaron a imitar a la mujer.
-    ¡Sí¡ ¡Sí! Si sólo queremos ayudarte –Decían todos a un tiempo mientras que comenzaron a pisotear los bordes de mi agujero protector. – Lo hacemos por tu bien, sólo queremos ayudarte.
-    ¡Y yo sólo quiero estar solo¡ -¡chas! ¡chas! ¡chas! cavaba cada vez más deprisa y con ahínco.- ¡Yo no les molesto a ustedes, por favor, no me molesten ustedes a mí!
Pero daba lo mismo lo que yo dijera, ellos no dejaban de gritar que lo único que querían era ayudarme y pisoteaban y pisoteaban los bordes de mi agujero. Pisaban y pisaban, cada vez con más furia, cada vez con más saña. Y los trozos de tierra empezaron a caer sobre mí. Poco a poco al principio y trozos pequeños para no tardar en convertirse en un auténtico alud de tierra y piedras que comenzó a sepultarme.
- ¡No por favor! ¡No me ayuden! ¡Se lo pido por favor! ¡No me ayuden! – Gritaba yo desde el fondo agitando mis brazos en alto intentando evitar que aquella avalancha me sepultara. Pero era inútil. La tierra de mi propio agujero, del refugio que me había buscado y donde simplemente buscaba vivir tranquilo conmigo mismo me fue entoñando sin remedio. Primero las piernas hasta hacerme imposible el moverme, luego hasta el pecho inmovilizando mis brazos, luego llegó a la boca que se llenó de tierra ahogando mis gritos y finalmente la nariz y los ojos. Después de eso nada más que oscuridad, olvido y silencio.
 

sábado, 9 de febrero de 2013

Destino, suerte, azar... Dios

Las temblorosas llamas de las pequeñas velas iluminan mi cara con una trémula luz naranja y vacilante. Estoy frente a un viejo lampadario de ofrendas fabricado en un tosco y humilde hierro forjado que da sustento a cinco velas de alto por diez de ancho, cincuenta en total, de las cuales la mitad, más o menos, lucen con una titilante llama. Están encendidas sin orden ni concierto aunque el lado derecho muestra una mayor concentración de luces, y con la mirada recorro las que están apagadas hasta dar con una cuyo pábilo luce blanco e impoluto en espera de una fuente de calor que le dé sentido. Sin perder de vista mi objetivo meto la mano en el bolsillo, saco un euro y lo introduzco en una burda ranura, hecha con un simple golpe de cincel, sobre la tapa de una vulgar caja de hierro que cuelga del lampadario. La moneda, al caer en el fondo, resuena con un estrépito metálico, como si hubiera abierto un cajón lleno de cubiertos, que rompe el sepulcral silencio de la vieja iglesia en la que me encuentro. Vuelvo lentamente la cabeza para mirar a mí alrededor   esperando encontrar todas las miradas clavadas sobre mí pero me doy cuenta de que me encuentro completamente solo.
De nuevo me centro entonces en mi labor interrumpida y tras re-localizar la vela por estrenar agarro con dos dedos una de las pequeñas tiras de cartón que por allí se encuentran desperdigadas y con cuidado la acerco a una de las velas encendidas manteniéndolo ahí hasta que una pequeña llama empieza a coger forma en la punta del cartón. Lo arrimo entonces a la vela escogida y de nuevo mantengo la tira encendida pegada esta vez a la pequeña mecha de mi vela, porque ya es mía, donde aparece una llama temblorosa y vacilante primero para transformarse luego en una más firme que no tarda en igualarse en fuerza y luminosidad al resto de sus compañeras.
Apago el cartón de un corto pero enérgico soplido y aún humeante lo deposito sobre el lampadario. Retrocedo entonces unos pasos hasta dar con un largo banco de madera justo enfrente de las velas y en él me siento a contemplar “mi obra”.
¿Qué? ¿Cómo dicen? ¡Oh no! No vengo a rezar y no, tampoco soy creyente, es más, creo que soy lo más alejado a un creyente que se pueda encontrar. Fíjense ustedes si seré poco creyente que ni siquiera soy ateo. Y es que para ser ateo también se necesita creer, creer en que no existe dios ni ser superior alguno y yo, qué quieren que les diga, es que ni me planteo semejantes cuestiones. Vivo, respiro, estoy aquí del mismo modo que lo están un cervatillo del bosque, un delfín en el agua o una mosca sobre una mierda. Mi mayor preocupación, creo que mí única preocupación como la de todos los demás bichos es la de sobrevivir. Sobrevivir de la forma más cómoda y digna que sea posible, pero sobrevivir al fin al cabo. Aun en el caso que existiera ese dios sobrevivir seguiría siendo mi mayor preocupación y si no lo hubiera, nada cambia, mi empeño principal seguirá siendo eso, vivir el mundo que me ha tocado. Siempre, eso sí, con unas normas de respeto e integridad mínimas que podrían resumirse con el viejo dicho de; trata a los demás como quieras que a ti te traten. Sencillo, creo yo, aunque no todo el mundo piensa lo mismo.
¿Qué? ¿Cómo? ¿Qué dicen? ¡Ah ya! Que entonces qué narices hago aquí y por qué enciendo una velita. Pues verán ustedes, porque estos viejos templos son mi rincón secreto, mi lugar de descanso, mi escondite preferido. Cuando quiero desconectar, meditar, pensar, tomar decisiones o simplemente descansar un poco en medio de una estresante jornada laboral busco alguno de estos pequeños refugios. Basta atravesar el umbral de su puerta para que todo el ruido de la ciudad, las obras, el tráfico, las prisas desaparezcan para dejar paso a la quietud, al silencio, un silencio casi denso a fuerza de siglos acumulándose humo de velas, de incienso y de oraciones. Busco entonces un lampadario con sus velas encendidas, me siento en frente y con la vista en él clavada, como cuando pierdes tu mirada en un fuego que arde en la chimenea, me sumerjo en mis pensamientos (o en la carencia de ellos, que también es bueno) dejándome envolver por esa atmósfera especial, serena, misteriosa, casi mística, que ingrávida parece flotar en estos lugares. No se lo tomen a broma, ha sido durante estos momentos de retiro, de reflexión, de meditación si ustedes lo prefieren, cuando he tomado alguna de mis mejores decisiones o se me han ocurrido mis más brillantes ideas las cuales han repercutido positivamente en mis negocios transformándose en pingües beneficios y por tanto me han permitido alcanzar la posición largamente holgada, tanto social como económica, que disfruto.
Lo de la vela que enciendo y el euro que echo en el cepillo es, digamos, una muestra de agradecmiento, una especie de respetuoso pago, una humilde manera de compensar el “servicio” que recibo. Y simplemente porque pienso que de bien nacido es ser agradecido y les aseguro que nada tiene que ver con creencias, religiones ni dioses.
De pronto escucho que a mis espaldas se abre la puerta que deja pasar por un instante el ruido y confusión del exterior para volver a quedar de nuevo todo en silencio. Siento entonces como unos pasos se acercan por el pasillo que hay entre los bancos. Sin volverme deduzco que es una mujer, el clic-clac de sus tacones la delata, y noto además que avanza con cierta premura. Pasa justo a mi lado sin mirarme y yo aprovecho para echar un vistazo de reojo. Efectivamente es una mujer que viste un abrigo corriente que le cubre hasta las pantorrillas, negro y con unas solapas de borreguillo también negro. Es el abrigo tipo de las viudas estándar. Intento verle la cara pero me resulta imposible, lleva la cabeza gacha y además cubierta por un pañuelo de raso, por supuesto, de color negro.
La mujer se dirige directamente al lampadario donde aún arde mi velita y no sé si me ignora o simplemente no se ha percatado de mi presencia pero el caso es que al quedar de espaldas a mí, me dedico, con absoluto descaro, a contemplar todos sus movimientos desde mi asiento. Veo que coge un cartón y comienza a repetir uno por uno todos los pasos que yo hice hace apenas un momento para encender la vela. Bueno, todos los pasos menos uno. Cuando su vela por fin arde entre las demás retrocede un paso sin volverse, se santigua poniendo su alma en ello y se arrodilla frente al lampadario con sus dedos entrelazados a la altura del pecho pero sin echar un solo céntimo en la caja que, con su mal formada ranura abierta, parece esperar una recompensa que no llega.
-    Oiga señora. –Dije en voz baja echando el cuerpo un poco hacia delante y apoyando los codos en mis rodillas.- Creo que se ha olvidado usted de algo.
La señora no me escucha o finge no escucharme y sigue inmersa en su rezo en el que, con la cabeza muy gacha, se golpea con repetitiva cadencia sus manos entrelazadas contra su pecho.
No sé porque lo hice, la verdad. Supongo que estaba de buen humor y mi lado guasón  tiró de mí tal vez pensando que esa mujer era una de esas marujonas cotillas que de haber visto ella lo mismo que yo, estaría pidiendo el despellejamiento público en la plaza del pueblo. El caso es que ante su muda respuesta insistí, además esta vez, añadiendo a mi voz un cierto tono de sorna.
-    Oiga señora, que si no echa usted la monedita creo que las oraciones no funcionan.
La mujer al fin giró la cabeza y clavó su mirada en mí.  Era joven, mucho más joven de lo que pensaba, veintimuchos o treintapocos tal vez, es difícil  calcular la edad de la gente que sufre, el dolor carga con años el rostro de las personas y esa mujer sentía dolor, verdadero dolor, no había más que mirarla. Sus ojos, enrojecidos de llorar, querían desbordarse en lágrimas y colgaban de ellos sendas ojeras negras que mostraban muchas noches sin dormir. Su boca se torcía en un gesto de pena y flanqueando las comisuras de sus labios dos profundas arrugas que nacían en las aletas de la nariz. Son de ese tipo de arrugas que no son los años las que las labran sino el sufrimiento profundo. No me dijo nada, no hacía falta, y simplemente se quedó mirándome durante un rato que me pareció más largo de lo que realmente fue.
-    Eerr… Bueno… Verá…- Balbucí malamente. Lo confieso, me sentía como un auténtico gilipollas y tan sólo quería que me tragara la tierra.- Yo… Yo lo siento… Creo que me he pasado…
-    No se preocupe. –Dijo en un susurro de voz mientras giraba su cabeza y levantaba su mirada.- He venido buscando la comprensión de Él, no la de usted.
Ese Él al que se refería era un cristo crucificado algo más pequeño que el tamaño natural pero de un gran realismo y situado justo encima del lampadario donde ardían las velas que se le ofrendaban. Seguramente tendría que haberme ido en ese momento, hacer mutis por el foro silenciosamente y dejar a la mujer a solas con sus plegarias y con su evidente dolor, pero por algún motivo me quedé allí sentado observándola con cierta curiosidad entre morbosa y científica. La mujer había levantado sus manos cogidas a la altura de su cara y con sus ojos inundados en lágrimas clavados en aquel cristo  y su mandíbula apretada murmuraba algo entre dientes con un fervor y convencimiento absoluto. De pronto la mujer se vino abajo, casi literalmente,  las rodillas se le vencieron dejándose caer sobre los talones, dobló su cuerpo hacía delante y ocultando su cara entre las manos quedó echa un ovillo sobre el frío suelo de piedra mientras que absolutamente desconsolada no dejaba de decir:
-    ¡Mi hijo! ¡Mi hijo se muere y no puedo hacer nada por evitarlo! ¡Por favor dios ayúdame! ¡Ayúdame! ¡Ayuda a mi hijo! ¡Por favor! ¡Se muere!
Entonces rompió en un llanto profundo, lastimero, inconsolable, un llanto que salía desde lo más profundo de su pecho y que brotaba, como una presa que se desborda, totalmente incontenible. Un llanto que rompió en mil dolorosos pedazos la quietud de aquel lugar.
Me quedé de piedra. La sangre se heló en mis venas y un casi doloroso nudo que no me dejaba ni tragar saliva se formó en mi garganta. Me quedé mirándola sin saber muy bien que hacer. Primero alargué mi brazo en un amago de querer decirle algo, de consolarla, pero no me salió nada. Luego miré a mi alrededor en busca de una alguna ayuda, de algún consejo pero allí no había nadie. No estábamos más que esa madre desconsolada, el mudo cristo crucificado y yo, un inútil que no sabía qué hacer. Poco a poco el irrefrenable llanto y las plegarias de la mujer se fueron convirtiendo en un agotado y débil sollozo y también, poco a poco, mi sangre comenzó de nuevo a correr por mis venas lo que me permitió reaccionar. Me levanté, fui hacia ella y colocando mis manos sobre sus hombros le dije con la voz más suave que me fue posible:
-    Venga mujer. Levante de ahí. No puede estar en el suelo.
Levantó su cabeza y me miró con la expresión de no saber muy bien qué pasaba ni donde estaba.
-    Venga vamos. Yo le ayudo
Le dije de nuevo mientras que con ternura tiré suavemente de sus hombros para ayudar a levantarla. Ella, como si acabara despertar de un sueño, mejor de un pesadilla, se dejó ayudar mansamente y los dos fuimos a sentarnos al banco en el que había estado yo sentado. Una vez allí, entre hipos sollozos y sonadas en el pañuelo me contó su historia. Hacía poco que había perdido a su marido, de ahí el luto, en un accidente de tráfico. En el coche con él también iba su hijo que por suerte salió prácticamente ileso, algunos rasguños y una clavícula rota pero lo peor fue que en el hospital, en uno de los múltiples chequeos que le hicieron le descubrieron algo raro. Resulta que su hijo tenía una enfermedad, una de esas enfermedades raras que sólo afectan a uno de cada no sé cuantos millones de personas y que dios quiso (palabras textuales) que su hijo fuera ese uno. El caso es que los médicos no le dan más de un año de vida. El crío ahora tiene seis años y según su madre es un cielo de niño todo ternura.
También me contó que existía un tratamiento que había posibilidad de curarlo, pero era el tratamiento en cuestión era en otro país y con un coste que para una mujer, según yo mismo pude comprobar, que no tenía ni para echar un céntimo en la caja de ofrendas le resultaba absolutamente prohibitivo. Además, como en perro flaco todo son pulgas, con la muerte de su marido no sólo se había quedado sin la única familia que tenía, sino que además lo único que había heredado era la hipoteca de la casa, el crédito del coche y alguna que otra deuda más por ahí.
Yo no pude aguantarme y se lo tuve que preguntar.
-    Y después de lo que me has contado, de todo lo que te está pasando por voluntad divina según tus propias palabras… - Hice un movimiento algo despectivo con la cabeza  apuntando al cristo que nos vigilaba desde su privilegiada situación. – A pesar de eso… ¿Todavía sigues creyendo en Él?
Ella me miró con sus ojos acuosos, se encogió de hombros y con suave y resignada voz me contestó.
-    ¿Y qué me queda si no? Si todo lo humano y terrenal me ha fallado sólo puedo recurrir a Él y seguro que no me fallará. Mi hijo es un ser inocente, seguro que me ayudará. Tiene que hacerlo.
-    Sí. Pero… –Comencé a decir bajando la mirada sin atreverme a mirarla.-  ¿Y si no lo hace? ¿Si no te ayuda y tu hijo muere? ¿Entonces que pasará?
Ella me miró horrorizada  a la vez que hacía  movimientos de negación con su cabeza  y sin decir nada se puso de pie, se dirigió de nuevo frente al lampadario  y arrodillándose en el mismo lugar que había estado antes volvió a entrelazar sus manos, agachó su cabeza y reanudó con más fuerza e ímpetu si cabe sus oraciones interrumpidas.
Yo me quedé mirándola sin acabar de  comprender muy bien como se podía tener ese fervor, ese convencimiento y esa profunda creencia en algo tan inmaterial, pero podría decir que en el fondo sentía algo de envidia. Envidiaba ese tenaz convencimiento en un poder sobrenatural e infinito al que poder recurrir cuando todo te falla. Tal vez no sea lógico, racional y ni siquiera efectivo, pero en el peor de los casos, por lo que veo, proporciona consuelo y eso ya es algo.
Al final, tras darle vueltas en mi cabeza durante unos instantes, me decidí a hacerlo. Volví a levantarme dirigiéndome a ella. Volví a apoyar mis manos en sus hombros y le dije:
-    Vamos mujer. Venga conmigo y explíqueme en qué consiste ese tratamiento para su hijo y cuánto cuesta. Vamos a ver qué es lo que podemos hacer.

Epílogo:
No voy a decir que me arrepintiera de pagar el tratamiento (que por cierto, efectivamente no fue nada barato) porque finalmente el chico se salvó, goza actualmente de una salud de hierro y eso, reconozco, lo compensa todo. Pero aun así he de decir que no han sido pocas las veces que he lamentado el haberlo hecho. ¿Y por qué? Se estarán preguntando ustedes. Pues sencillamente porque ahora, cada vez que veo a su madre, no para de decirme que sus plegarias fueron escuchadas, que nuestro encuentro fue un milagro y que yo soy un ángel. Y no vayan a pensar que lo dice metafóricamente. ¡Qué va! Ella cree que lo soy de verdad y tanto es así que cada vez que nos vemos, me abraza y cada vez que me abraza, siento como, con disimulo, palpa con sus manos mi espalda por la zona de los omóplatos y los hombros en busca, estoy seguro, de mis alas que de alguna forma llevo disimuladas. ¡Yo! ¡Un una ángel! ¡Nada menos! ¡Han oído ustedes antes semejante majadería! Precisamente, y permítanme la ironía, me llevan los demonios cada vez que le oigo decir eso. Yo, por mi parte, trato pacientemente de explicarle que dios no tuvo nada que ver. Que sólo fue la casualidad de nuestro encuentro y la ciencia lo que salvó a su hijo. Que no fue otra cosa que la suerte, el azar, el caprichoso destino el que cruzó nuestros caminos.
  • El destino no, hombre. –Me dice ella abriendo mucho los ojos, sonriendo y dándome una cariñosa palmada en mi hombro.- Fue Dios. –Añade casi susurrándome al oído.-
Yo ya no sé que decirle y lo peor es que me ha hecho plantearme cosas. Quién sabe si todo este lío de las religiones y los dioses no es más que un problema de semántica, de juegos de palabras de eufemismos. Ocurre todos los días en todos los ámbitos, hay quien dice desaceleración económica en vez de crisis o daños colaterales en vez de muertes civiles. En este caso ocurre lo mismo. Unos lo llaman cúmulo de casualidades, suerte o azar, otros lo llaman milagros o voluntad divina. Algunos hablan de leyes de la física, de ciencia o simplemente del destino, otros aseguran que se trata de dios.
Incluso, por qué no, puede que en vez de personas, cada uno de nosotros seamos dioses, dioses de nuestro propio mundo. Ya han visto ustedes que casi sin proponérmelo, he sido capaz de hacer un milagro.