martes 2 de junio de 2009

El Juego de Ajedrez

El muchacho tiene 11 años aunque como es menudo y bajito engaña con su edad y aparenta alguno menos. En lo que no engaña a nadie y en lo que todo el mundo coincide es que el chico es un poco cortito, un poco lento de ideas, que le falta un hervor, como suele decir de modo despectivo alguno de los mayores que le rodean. Pero a él ni le importa ni le afecta, sobre todo porque ha aprendido, como sistema de defensa, ignorar a aquellos que no le interesa hasta un punto tal que logra hacerlos desaparecer del feliz mundo en el que vive inmerso.
Ahora se encuentra en el salón de su casa y está dedicado a uno de sus pasatiempos favoritos, el juego de ajedrez. Nótese que digo el juego de ajedrez y no jugar al ajedrez pues el chaval no tiene ni idea de cómo se juega al ajedrez y sin embargo pasa largas horas disfrutando como un gato con un ovillo. Empieza colocando las fichas sobre el tablero, esto correctamente pues ha visto como se hace en algunas fotos que se ha molestado en buscar, y entonces da comienzo las más feroces batallas que su cabeza pueda imaginar y os aseguro que su imaginación funciona muy bien, demasiado bien diría yo. Sentado frente al tablero comienza a mover las fichas, según un orden que sólo él conoce, profiriendo gritos de aliento, risas de victoria o quejidos como los daría aquel que es herido en plena trifulca. Acostumbra a alternar los bandos porque le gustan tanto las fichas blancas como las negras. Las blancas por ser elegantes, gallardas pero muy contundentes y las negras porque le parecen sobrias, calladas pero poderosas.
Aquella tarde, fría y lluviosa de invierno, también se encontraba en la casa su hermano. Es algo mayor que él y acostumbra a no hacerle demasiado caso, cosa que él agradece, sin embargo aquel día, fastidiado y aburrido por no poder haber salido de casa, su hermano llevaba ya un rato moscardoneando a su alrededor sin más oficio ni beneficio que molestar a su hermano menor.
El crío lo ignora, que como he dicho es de las cosas que mejor saber hacer, y continúa enfrascado en la crucial batalla en la que se haya envuelto, pero eso sí, sin perderle de vista por el rabillo del ojo en ningún momento.
Hasta que llegó un momento en que el mayor, algo molesto por la indiferencia de su hermano decide intervenir y arrebatándole de la mano la torre que se disponía a mover le espeta:
- ¡Pero qué demonios haces! ¡Así no se juega al ajedrez! ¡No tienes ni idea!
El pequeño, con tranquilidad, le mira con sus grandes ojos redondos y le contesta:
- Es igual. Yo juego a mi manera porque es como sé y me gusta. ¿Qué más da?
- Pues no. No da igual. Al ajedrez hay que jugar como es. Si no puedes estropearlo.
- Vaya tontería – Contestó sin mucha convicción, pues él era el tonto y su hermano el listo, sin embargo estaba casi convencido de que le mentía.-
- No es ninguna tontería. A ver. –Insiste su hermano colocando con un golpe en el tablero la torre que le había quitado y moviéndola de atrás adelante y de izquierda a derecha en horizontal, arrastrando en su movimiento algunas de las otras piezas.- La torre solamente se puede mover así.
- Pero…–Dijo el niño sin dar crédito a lo que estaba escuchando.- Eso no puede ser, es imposible.
- Pues es así. Qué tonto eres. ¿Por qué va a ser imposible?
- Pues porque una torre es imposible que se mueva así de ligera. –Cogió la ficha que aún sujetaba su hermano y se la puso delante de la cara.- Mira. ¿No la ves? Una torre está hecha de piedra, es algo pesado, macizo, poderoso. Sus movimientos son pesados y lentos y sólo puede moverse una casilla de cada vez. Eso sí, la tienen que comer dos veces, una sola vez no es suficiente. ¿No ves que es una fortaleza?
- Eres más retrasado de lo que pensaba. Eso te lo has sacado de la manga.
- No. De la manga no. Eso es lo que dice la lógica. ¿O no?. A ver, dime tú cómo se mueve el caballo.
El mayor agarró el caballo e hizo el movimiento.
- Pues el caballo se mueve así. Dos cuadros saltando en horizontal y otro cuadro saltando a un lado o a otro.
- Ja,ja,ja.. –Comenzó a reírse el pequeño mientras lo apuntaba con el dedo.- Me tomas el pelo. ¿Dónde has visto tú un caballo que pueda saltar de lado?. Va a resultar que el tonto aquí eres tú.
El niño quitó el caballo a su hermano con aire de suficiencia y comenzó a moverlo por el tablero imitando los brincos que daría un caballo de verdad.
- ¿Ves? Un caballo se mueve así. Saltando sobre las demás piezas, con poderío, como haría un caballo de verdad. Eso sí. Un caballo no puede ir hacia atrás por lo que para dar la vuelta tiene que gastar un movimiento para girar sobre si mismo. Pero lo que si puede es llevar un peón consigo, montado en su lomo, como los caballos de verdad.
- Podría mejor llevar un alfil. ¿No? –Dijo con un deje de guasa.- Total los peones no valen nada. Sólo sirven para ser sacrificados.
- ¿Sacrificados? –Repitió el pequeño horrorizado.- Pero sin son las mejores piezas de todas. Son los más importantes, si no estuvieran en rey no podría existir. Son los que hacen las labores difíciles, el trabajo más sucio y todo por lealtad. No puedes sacrificar a las personas que te son leales. Me parece muy cruel.
El mayor miraba al pequeño sin acabar de creer lo que estaba escuchando. Tenía que reconocer que la convicción con la que hablaba el pequeñajo y su lógica, inocente pero aplastante, le estaba haciendo dudar. Pero esto solamente en su fuero interno y estaba dispuesto a seguir rebatiendo todo lo decía ese renacuajo. Él sabe que las normas no son así y que antes muerto que dar la razón a su hermano pequeño. Se frotó la cara con un gesto de paciencia y tratando de guardar la serenidad preguntó.
- Vale, vale… Y dime ¿cómo se mueve la reina?
- Pues la reina se mueve así. –cogió la pieza para enseñárselo.- En zig-zag, con elegancia, contoneándose, con un poco de coquetería, como le gusta hacer a la mujeres.
El mayor no pudo por menos que esbozar una sonrisa.
- No. También estás equivocado. La reina es la pieza más fuerte de todas y su principal cometido es defender al rey.
La cara de estupor que se le puso al crío no tenía fin mirando a su hermano mayor de hito en hito
- Pe… pero… Eso sí que es mentira. Es el rey quien tiene que proteger a la reina. Siempre ha sido así. El caballero protege a la dama. El más fuerte defiende al más débil. Y un rey tiene que ser fuerte. El más fuerte. Para eso es el rey. Además lo he leído en los libros de aventuras y un hombre para ser como debe ser tiene que proteger a su dama y mirar siempre por su bienestar y con mucha más razón si este hombre es el rey.
- ¡Ná! –Le espetó su hermano a la vez que le hacía un gesto de desprecio con su mano.- Eso son ñoñerías que ya no se llevan.
- Pues deberían llevarse. –Insistió el pequeño.- A mi me parece que es algo bonito.
- ¡Pues no! –Chilló su hermano dando muestras de haber perdido definitivamente la paciencia.- Al ajedrez se juega así, porque así son las normas y porque te lo digo yo. Y sino juegas al ajedrez como yo te digo no puedes jugar. Estarías incumpliendo las normas de siempre y eso está mal muy mal e irás al infierno.
El niño lo miraba haciendo fuerza en su garganta para que no saliera un llanto aunque sus ojos se le comenzaban a anegar de lágrimas. No entendía porque no podía jugar a su manera. Es una manera mucha más lógica que la que dice su hermano y además no cree que le haga daño a nadie y eso es lo más importante. ¿Qué le importa al mundo lo que yo haga o deje de hacer mientras no me meta con nadie?
El niño se hizo mayor y a lo largo de su vida se dio cuenta que aquello sería una constante. Todo aquello que saliera de las normas preestablecidas no estaba bien visto, no era bueno, ni tampoco era justo, Para nada importaba su lógica, su modo de ver las cosas o su justicia. Y no era porque su punto de vista fuera mejor o peor, simplemente ocurría que era diferente. Por cierto, el niño nunca más volvió a jugar con el ajedrez.

viernes 20 de marzo de 2009

La Última Llamada

- Servicio de emergencias 112, buenas tardes. ¿En qué puedo ayudarle?

La voz era femenina, joven y sonaba agradable, aunque casi siempre en este tipo de sitios las voces son agradables.

- Si buenas tardes. Verá, yo llamaba porque estaba dando un paseo por el campo, siguiendo la vía del tren, y me he encontrado a una persona muerta que...

- Bien. Usted tranquilícese…

¿Por qué me interrumpe y por qué me dice que me tranquilice, yo no estoy nervioso? Bueno, dejaremos que siga hablando…

- Lo que quiero es que se asegure que esa persona que usted dice está muerta, lo está de verdad. Tiene que estar completamente seguro.

- Sí, le aseguro que está muerta ya que….

- De acuerdo, pero quiero que se cerciore usted bien. Debe de constatar que ni tiene pulso ni respira. Le pido por favor que se aproxime al cuerpo y se asegure.

Ya entiendo. Está siguiendo un protocolo y por eso le da lo mismo lo que le diga. Ella va punto por punto siguiendo el manual que tiene delante.

- Muy bien señorita. ¿Y a qué trozo de cuerpo debo de aproximarme? ¿Al que tengo como a unos diez metros de mí y que es más o menos del pecho hacia abajo o al que tengo enfrente de mí que es un torso humano y que donde debería estar la cabeza lo que hay es un amasijo sanguinolento de trozos de hueso y cerebro?

- Ejem.. Bien… Bien… Ejem… creo… creo que efectivamente debe de estar muerto..

Ahora la que se ha puesto nerviosa es ella, aunque al menos he conseguido que me preste atención. ¿Qué le dirá el manual que tiene que hacer ahora?

- Muy bien caballero… Usted tranquilícese…- Joder. Pues sigue con que me tranquilice - Dígame exactamente el lugar donde se encuentra para que podamos enviar a alguien.

Vaya, pues ahora que lo pienso esto sí que es un problema. Llevo casi dos horas andando, más o menos paralelo a las vías del tren, y no tengo la menor idea de donde me encuentro.

- Pues no sabría darle un nombre del lugar o una ubicación exacta. Estoy en mitad de ningún sitio. Calculo que unos diez kilómetros siguiendo las vías del tren por la salida norte de la ciudad…

Me costó al menos quince minutos hacerme entender. Menos mal que a la voz agradable se le ocurrió pasarme con un policía de la zona, que conocía algo el lugar, y más o menos creo que ya saben donde me encuentro.

- Bien caballero. Ya salen hacia allí. Por favor, aguarde cerca del lugar y mantenga su teléfono móvil encendido.

La voz agradable me leyó así la última línea de su manual y se despidió de mí. Bueno, tengo que cargarme de paciencia y sólo me queda esperar. Me sentaré sobre la vía de espaldas al cuerpo. No es un espectáculo nada agradable, a verdad.

Espero que no tarden mucho, si al menos no lloviera. Hace una media hora que comenzó a llover y no tiene pinta de parar. Todavía estoy oyendo las palabras que decía ayer el hombre del tiempo; “Parcialmente nublado con grandes claros. Escasas probabilidades de lluvia”. Pues esas escasas probabilidades se han ido a juntar todas encima de mi cabeza. ¡Maldita sea mi cochina suerte! Desde esta mañana que abrí los ojos para ver los luminosos números del despertador parpadeando delante de mi cara y comprobar que era una hora y media más tarde de lo que quería haberme levantado, supe que hoy no iba a tener un buen día. Al menos gracias a eso, mi innata desconfianza se puso en alerta y me puse una ropa adecuada que me está manteniendo seco.

- ¿Te dijeron si iban a tardar mucho?

Escuché la voz a mis espaldas y mi corazón y mis piernas dieron un brinco girándome hacia el lugar del que venían esas palabras. Pero no había nadie, sólo el cuerpo de aquel infeliz.

- ¿Quién anda ahí?

- Pues yo. ¿Quién va a ser? Aquí sólo estamos tú y yo.

El pánico comenzó a apoderarse de mí y sino es por la temblequera que invadió mis piernas, desde luego que hubiera salido corriendo. Me estoy volviendo loco o el muerto está hablando conmigo.

- Es… es… imposible. Tú no puedes estar hablándome.

- Claro que estoy hablando contigo. No sé porqué te extraña tanto.

- ¿Qué por qué me extraña? Pues no sé que decirte… Tal vez porqué tienes el cerebro esparramado por la vía… Creo que eso es una buena razón. ¡Además, no sé que coño hago hablando con un guiñapo!

Me giro dispuesto a alejarme de allí, pero la voz insistía.

- No me ha gustado que me llames guiñapo. Creo que deberías de tener un poco más de respeto, al fin y al cabo estoy muerto.

Me detengo en seco y me vuelvo de nuevo hacia a él.

- Vale, tienes razón. A lo mejor me he pasado. Pero tú mismo lo has dicho. Estás muerto. No puedo estar hablando contigo. No entiendo que está pasando aquí.

- Bueno, no te preocupes. Ya lo entenderás. El caso es que te decía que si iban a tardar mucho en venir. Creía que todo esto iba a ser más rápido. Yo me tiro, el tren me golpea y se acabó. Después oscuridad, silencio y descanso. Pero ya veo que no es así. Espero que cuando me recojan y me entierren al fin pueda descansar.

Estaba empezando a acostumbrarme a hablar con él y mi conciencia me decía que debía de esperar allí hasta que viniera alguien, así que decido sentarme a su lado.

- Entonces, por lo que dices, no ha sido un accidente. Te has suicidado.

- Sí.

- Qué locura. Nunca he entendido a la gente que hace eso.

Saco mi paquete de tabaco y por costumbre y por estar todavía algo conmocionado por la situación alargo un cigarrillo hacia el amasijo de carne ofreciéndoselo. Oigo como se ríe.

- Ja, ja…. No, gracias. Quiero dejarlo. Podría matarme. Ja,ja.

- Bueno, al menos veo que el humor no te falta aunque sea del negro.

Enciendo un cigarro, le doy un par de fuertes caladas y mientras expulso el humo le pregunto.

- ¿Y qué te ha empujado a hacer esto?

- No hay una única razón para hacer algo así. Son muchos motivos los que se te van a acumulando día a día, mes a mes durante muchos años. Pero básicamente, si hubiera que resumirlo de algún modo, te diría que lo hice por que mi presente era una mierda tan blanda que resultaba imposible levantarse un futuro.

- ¡Y tú que sabes! Nadie puede adivinar el futuro. Nunca se sabe lo que pueda pasar mañana. Tal vez las cosas cambian y puede que mejoren…

- Vale, vale… - Me interrumpe.- “Tal vez…” “Puede…” demasiadas vagas esperanzas. La fe la perdí hace mucho tiempo y el día a día se ha vuelto demasiado doloroso como para esperar a ver que pasa.

Meneo la cabeza mientras la inclino y aplasto la colilla humeante con la punta de mi zapato.

- Sigo sin entenderlo. Pienso que la vida tiene demasiadas cosas bonitas como para perdérselas. Creo que el futuro siempre te sorprenderá, unas veces no será bueno y lo pasarás mal, pero otras veces será para bien y eso te compensará todos los malos ratos pasados. Cuando muera no lamentaré perder las cosas que conozco y he pasado, lamentaré perder todo aquello que aún desconozco.

- Muy bonitas palabras. Pero qué pasa cuando todo a tú alrededor se desmorona. Cuando ya no puedes creer en la gente en la que antes creías. Cuando ves que es inútil cualquier intento que hagas por salir del agujero. Cuando un nuevo despertar, un nuevo día no significa más que otro montón de largas y dolorosas horas que transcurren lentamente dejándote una profunda herida en tu cuerpo y en tu mente. Acaso tú nunca lo has pasado mal, acaso tú nunca has pensado alguna vez que estarías mejor muerto.

Guardo silencio sus palabras me hacen reflexionar y un montón de ingratos recuerdos asaltan mis pensamientos

- Pues ahí has dado en el clavo. – Contesto con una socarrona media sonrisa en mi boca.- Lo cierto es que estoy atravesando una racha bastante fastidiada y que me parece que ya dura demasiado. Y sí… reconozco que en alguna ocasión he contemplado la muerte como una opción para poder descansar…

Nuevamente el silencio me rodea y tan solo escucho el sonido de las gotas de lluvia sobre mi capucha y el ruido de mis pensamientos. Sacudo la cabeza a un lado y a otro para escapar del trance en que parecía inmerso y continúo hablando.

- Pero no… Sigo pensando que la vida tiene aún cosas que ofrecerme y quiero verlas mientras mi cuerpo me lo permita. ¡El suicidio no es una opción válida¡ Antes me llevo delante al causante de mi desgracia que matarme yo. Hay que ser valiente y echarle huevos a la vida. El suicidio es escapar, es huir. Eso es cosa de cobardes.

- ¡Joder cobarde! Pues no veas lo que me costó tirarme al tren. Me decidí en el último segundo, cuando casi había pasado. Salí de detrás de aquel árbol y me tire a las ruedas tan de repente que no creo que al conductor le diera tiempo ni de verme. Seguramente por eso no ha dado aviso y llevo tanto tiempo aquí tirado. Hablando de aviso… Estos llegan de una vez o no llegan… Estoy harto de mojarme.

En ese momento comienzo a escuchar ruido de sirenas y entre los árboles veo destellos azules de un coche que se aproxima. Cada vez los veo más cerca y apenas transcurren unos instantes cuando comienzo a escuchar voces.

- Por fin hemos dado con el cuerpo.

Dice uno de los policías mientras coge su radio para comunicar algo.

- Sí. Pero donde estará la persona que nos ha llamado. – Oigo que dice su compañero.- Debería haberse quedado aquí esperándonos. Tenemos su número de teléfono ¿Verdad?

El policía saca el móvil de su bolsillo y escucho como pulsa los botones. Después un instante de silencio y al momento la melodía de un móvil se oye insistente en el aire muy cerca de ellos. Ambos se quedan helados, se miran el uno a otro y luego dirigen su mirada al lugar de donde proviene la musiquilla.

- ¡Oye tú! ¡El móvil lo tiene el fiambre!

Se aproximan al cuerpo mientras la melodía sigue sonando y uno de ellos introduce su mano el bolso superior del chubasquero que lleva puesto el cacho de cuerpo. Con la boca abierta saca el móvil que deja de sonar en el momento en que su compañero presiona el botón de colgar. Ambos se quedan en silencio, con cara de sorpresa hasta que uno de ellos habla.

- Bueno. Está claro. Nos llamó y luego se tiró al tren.

- Puedes ser. Pero yo estuve hablando con él y no parecía una persona que fuera a matarse. Además me dio detalles muy exactos de cómo había quedado el cuerpo. Los dos trozos, el cráneo aplastado, su posición… No sé… No entiendo quién hizo entonces la última llamada?

Mientras tanto yo, tirado en el suelo partido a la mitad, empezaba a entenderlo aunque me costaba comprenderlo. Finalmente mis pesares, mi tristeza, mi lado oscuro y negativo pudo a mi parte positiva, al optimismo y a mis ganas de vivir… Estoy muerto ¡Mierda¡ Y encima sin poder descansar en paz ¡Maldita sea otra vez mi cochina suerte!

martes 25 de noviembre de 2008

¿Donde van los Libros que nunca Lee nadie?

¿Se han preguntado ustedes alguna vez a donde van los libros que nunca lee nadie? –Yo es que me lo pregunto constantemente, tal vez porque soy un libro.- Pero no me refiero a donde acaban físicamente, eso es fácil pues a los libros nos ocurre como a todo el mundo, el tiempo acaba por convertir en polvo nuestra envoltura menos, claro está, aquellos que reciben algún tratamiento para no pudrirse. Lo que digo, exactamente igual que el resto de las cosas.

Yo de lo que hablo es de a dónde va nuestra contenido, nuestra esencia, nuestro espíritu o, si me permiten llamarlo así, a dónde va nuestra alma. Porque los libros tenemos alma ¿sabe usted? Porque en nosotros una persona vuelca su experiencia, su sabiduría, sus sentimientos, en definitiva su alma, que los libros atrapamos entre las páginas y la hacemos nuestra para que nos de la vida.

Aún recuerdo el día que yo nací. Todavía me parece escuchar el crujir del papel de regalo cuando me desenvolvieron, creo que es el sonido más embriagador del mundo. Recuerdo la luz que de repente parecía rodearme y sobre todo recuerdo como si fuera ayer mismo, el tacto de las manos que me sujetaron. Tal vez deba antes aclararles a ustedes, que los libros no nacemos cuando nos escriben, nos imprimen y nos encuadernan, esa simplemente es nuestra gestación. El día de nacimiento de un libro es el día en que las manos de nuestro primer lector nos tocan y ponen sus ojos en nosotros por primera vez y yo jamás olvidaré aquel momento. Eran unas manos suaves y delicadas pero que a la vez me sujetaron con firmeza, creo que era una mujer. Sentí como ella me palpaba y me sopesaba y al fin, me abrió. Primero tímidamente, solamente las solapas donde se entretuvo leyendo los detalles de quien me había escrito, pero aquello fue suficiente para que notara una corriente de aire que inundó mis páginas y que las palabras que las llenaban comenzaran a palpitar con inusitada potencia. Sentí que estaba preparado, que había llegado el momento de dar a mi querido lector lo que buscaba y fue cuando ella, agarrando todas mis hojas con una mano, empezó a dejarlas discurrir al ritmo que marcaba su dedo pulgar, como queriendo ver todo mi interior en un segundo y eso no es posible.

Parece muy interesante, ya le echaré un vistazo. Gracias.

Esas fueron las últimas palabras que escuché “ya le echaré un vistazo” dijo, buff… que desfachatez. ¿Para eso me había traído al mundo? ¿Para echarme un vistazo? A un libro no se le echa un vistazo, un libro se lee o no se lee.

De cualquier modo, aquella fue la última vez que me abrieron. Todavía anduve unos días por ahí dando tumbos, encima de la mesa, en el revistero e incluso encima del televisor pero nadie me leyó, ni siquiera me echaron ese vistazo. Y así estuve hasta que me encontraron hueco en una estantería de la librería donde permanezco desde entonces, entre la guía CAMPSA y un libro de cocina.

Yo no desespero y en el fondo de mis páginas pienso que tal vez algún día se acuerde de mí y a lo mejor me vuelve a coger para leerme. En una par de ocasiones ha estado muy cerca, se me aceleró el corazón y todo, pero en ambas ocasiones fue uno de mis vecinos el agraciado. Brrr… la guía CAMPSA, una engreída sin contenido.

Pero después de tanto tiempo casi no me quedan esperanzas, apenas me hago ilusiones y es que además, para hacerlo más imposible, resulta que soy un libro de autoayuda. Sí, ya lo sé, nadie es perfecto. Y encima, para más INRI, mi título es “Como no sentirse solo jamás” (que ironía en mi situación ¿verdad?) Me hubiera gustado ser un libro que tuviera un título con más carga dramática como “Guerra y Paz” o mejor lleno de aventuras como “La Isla del Tesoro” pero no, un título insulso que lo dice todo pero no dice nada.

Y que les voy a contar del nombre de mi autor, porque tal vez con un nombre rimbombante en mi lomo como Proust o Truman Capote o históricos como Cervantes hubiera ayudad algo, pero ese tampoco es el caso. A mi me escribió Anacleto Patacheco.. ¡Anacleto Patacheco! ¡Por dios! ¡Si ese nombre debía de estar prohibido por ser peligroso para la salud pública!.

Así que, por todos estos motivos que les expongo, dudo mucho que a mi nadie me llegue a leer nunca y supongo que entiendan ahora un poco mejor mi situación y esta duda existencial que me invade. Y es que los libros que se leen no tienen ese problema. Cuando un lector lee la última hoja de un libro y con ambas manos lo cierra satisfecho escuchándose ese “pob” tan característico, entonces el espíritu de ese libro se convierte en eterno, vivirá para siempre y aunque vuelva a ocupar su lugar en la estantería hasta que no sea más que polvo, su alma vivirá para siempre pues su contenido está en la memoria y en el corazón del ávido lector que ha dado buena cuenta de él. Y ese lector recordará su lectura con agrado o no, pero lo recordará, y hablará de él con sus amigos, bien o mal pero hablará y por eso, el alma de ese libro será inmortal.

En cambio yo, que nunca me ha leído nadie ni creo que lo hagan nunca, ¿Qué pasará con mi alma? ¿Viviré toda la vida en esta especie de limbo en el que me encuentro? ¿Tendré una oportunidad o cuando mis páginas están ajadas y se conviertan en polvo se borrará toda constancia de mi existencia? ¿O tal vez sufriré la atroz existencia de los libros que no se acaban de leer? Porque eso sí que es un triste destino. A mi, nada se me ocurre peor para un libro que empiecen a leerte, que tu contenido no interese y que te vuelvan a dejar olvidado en la estantería, con la esquina de una hoja doblada, indicando para toda la eternidad el punto donde tu querido lector te dejó abandonado … Buff, no lo puedo ni imaginar, eso tiene que ser muy doloroso. Es el purgatorio de los libros y tal vez yo acabé en él.

Pero… Algo ocurre… Oigo pasos… Alguien se acerca. Se ha detenido delante de la librería, casi enfrente de mí. Tal vez este sea mi día de suerte, tal vez hoy ocurra… ¡Sí, sí! Alguien me agarra y me saca de mi agujero donde tanto tiempo he pasado. Notó nuevamente las manos. Sí, son las mismas que la primera vez, las recuerdo perfectamente, son inconfundibles, es ella otra vez. Me abre… De nuevo siento que el aire corre por entre mis páginas y que recorre todas y cada de mis letras. Tiemblo de emoción. Noto unos ojos que recorren mi interior. Que tremendo placer siento, si pudiera llorar lloraría de alegría. Pero… ¿Qué ocurre ahora? Otra vez ese dedo pulgar que repasa rápidamente mis páginas… ¡No. Me vuelve a cerrar! ¡Nooo! ¡Dame otra oportunidad! ¡Leeme, por favor!

- ¡Qué coñazo son las mudanzas! Menos mal que tenemos esta chimenea que nos va a ahorrar mucho peso para transportar.

Estas si serán las últimas palabras que yo escuche. Siento que vuelo por los aires, caigo abruptamente, boca abajo, abierto de tapas y me siento rodeado de calor. Comienzo a echar humo, me ennegrezco, desaparezco y me convierto en cenizas de olvido………. Por lo que parece, los libros que no nos lee nadie, acaban en el infierno.

miércoles 25 de junio de 2008

Sin Inspiración

- ¿Tú tienes alguna idea de donde estamos?

- Ni la más remota.

- Yo tampoco. Es un lugar algo extraño ¿verdad? Está tan vacío de todo y tan blanco que hasta da un poco de miedo.

- Sí que es extraño. Además, las paredes son blandas, como esponjosas. A mi me recuerda a las habitaciones acolchadas de los psiquiátricos lo único que estas paredes no son rectas y tienen pliegues y surcos que las atraviesan.

- Sí. Todo esto es un poco raro. Tampoco se ve ninguna puerta ni hueco por donde poder salir. Creo que estamos encerrados.

………

…silencio……….

…………….

- Bueno… Entonces… ¿Qué hacemos?

- Pues nada… ¿Por qué vamos a tener que hacer algo?

- Porque algo tendremos que hacer, sino vaya rollo. Además, si alguien se toma la molestia de encerrarnos aquí dentro, debe ser porque quiere algo de nosotros… ¿No crees?

- Tal vez… pero si no sabemos lo que quiere, tampoco podremos hacer gran cosa.

……..

…silencio……..

………….

- Podíamos hablar sobre algo.

- Y sobre qué quieres hablar.

- Da igual. De lo que se te ocurra. Elige tú el tema.

- Tonterías.

- Vale. Empiezo yo, aunque no sé gran cosa sobre las tonte….

- No… Digo que dices tonterías, no que tonterías sea un tema para hablar.

………

…..silencio……..

…….

- Mira aquello que sobresale de la pared. Yo creo que eso no estaba antes.

- Es verdad. Antes no estaba. Me hubiera dado cuenta…

- ¿No te parece una forma muy familiar?

- Sí.

- ¿No te recuerda a algo?

- ¡Son unos pechos! Unos deliciosos y perfectos pechos femeninos.

- Además son perfectos en todo. Ven, tócalos, que tiesos y turgentes están.

- Es verdad… Mmmm… la de cosas que se me están ocurriendo.

- Me está comenzando a gustar este sitio… ¡Mira ahora en la pared de enfrente lo que está apareciendo!

- Pero… pero si es… ¡Si es un pene!

- Bah¡ A mí eso no me gusta, me quedo con los pechitos suaves y cálidos…

- Pues que quieres que yo te diga. Me pongo morbosillo según lo estoy viendo… tan erecto y dispuesto…No sé… Además natural en todo, está duro pero agradable al tacto.

- Quita, quita. Prefiero esto y así poder reposar la cabeza en el canalillo… Qué delicia…. ¡Qué suerte, ahora comienza a aparecer el pubis¡ Que lindo… con poco vello como a mi me gusta.

- Oye.. Creo que vas a tener razón. Prefiero los pechos y el pubis… Lo del pene sólo fue curiosidad. Hay que tener la mente abierta.

- Lo siento… pero ahora esto es sólo para mí. Me pertenece. Haberlo pensado mejor antes.

- A lo mejor me lo quieres cambiar por esto. Es oro

- ¿Oro? ¿Pero donde los has sacado?

- Y eso que importa. Ha aparecido de repente. Como todo aquí. Quieres cambiarlo sí o no

- Que bonito es y como brilla. No sé que hacer…Bueno, venga, de acuerdo.

………

……silencio ………

… … … … … … ……

- Oye.

- Qué

- El oro me gusta mucho, pero echo de menos tocar los pechos. ¿Me los dejas un poco?

- No. Ahora son míos, te los cambié. Dame parte del oro y podrás tocarlos un rato.

- Pero es que no quiero deshacerme de mi oro. Anda… Venga… Déjamelos un poco.

- Te he dicho que no.

- Sólo un poco. Mira, alargo la mano así y los rozo un ratito.

- ¡Aparta esa mano de lo que es mío o vas a saber lo que es bueno¡

- ¿Qué me vas a hacer? No me das miedo, tengo el oro. Ahora voy y los toco otra vez si quiero

- ¡Quita de aquí o te mato!

- Pe… pe… pero… ¿De donde has sacado el cuchillo que llevas de la mano? Antes no lo tenías…

- Ignoro de donde carajo ha salido, pero tengo claro lo que pienso hacer con él. ¡Toma cuchillada cabrón y toma y toma!

- ¡Maldito seas! ¡Me desangro! Siento que la vida se me va por las heridas que me has abierto… pero antes de morir, hijoputa, te voy a llevar conmigo al infierno, descerrajándote dos tiros en el pecho…

- ¡Cielos! ¡Cuando te apareció esa maldita pistola! Muero….

………

…..silencio…….

…..sangre……….

….muerte………..

¡Esto es una verdadera mierda!

Grito mientras golpeo con el puño sobre la mesa en la que se apoya mi portátil.

¡Hace siglos que no se me ocurre una buena historia para escribir!

Continúo hablando solo sin dejar de observar el folio en blanco que me enseña el procesador de textos y sobre el que no he sido capaz de escribir ni una sola palabra.

Mira que le doy vueltas al coco y nada. Las inspiraciones que me vienen son blandas y sin consistencia y lo único que me sale es sexo, ambición, violencia y unos diálogos vacuos que no dicen nada a nadie…. Resumiendo, nada nuevo bajo el sol. Así nunca podré consagrarme como escritor…. ¿Qué habrá que hacer para que te venga la inspiración cuando tú quieras? Me gustaría tener algo así como tener un interruptor en el cerebro para poder conectar y desconectar la inspiración cuando me diera la gana. En vez de eso, lo único que tengo son un par de malas ideas que trastean por mi cabeza… En fin, voy a fumarme un porro a ver si eso me ayuda a que me venga la inspiración.

miércoles 7 de mayo de 2008

PREDADORES

Se encuentra solo, atrapado. El lugar donde ahora se halla oculto parece seguro de momento y acostado en un rincón del pequeño cubículo gime y se lame las dolorosas heridas que esas malditas bestias le han provocado.

Tiene miedo Está atento a todo lo que ocurre a su alrededor y cualquier leve roce o el más minúsculo ruido que llega hasta sus oídos, hace que estalle en una excesiva reacción de terror emitiendo un sinfín de extraños sonidos a la vez que comienza a recorrer a saltos el pequeño escondite golpeando todo lo que encuentra y lastimándose aún más.

Se esfuerza por recordar el tiempo que lleva en esa situación, perseguido y acosado por unas fieras salvajes, pero es incapaz de recordar desde cuando ocurre y tiene la amarga sensación de que esto le lleva sucediendo toda la vida. Los recuerdos de una vida tranquila, en su ambiente, junto a los suyos se van desmenuzando. Tiene que esforzar su maltrecha cabeza para encontrar aquel añorado tiempo de normalidad y ya tan solo recuerda el triste momento en que aquellas bestias comenzaron a rodearlo.

Desde entonces todo han sido persecuciones, tensión y peligros. Además, para su mayor frustración, casi todos sus intentos por poner fin a ese cruel acoso, habían acabado en un tremendo fracaso. Fracaso provocado principalmente por la situación de tensión y estrés a la que era sometido no permitiendo que su inteligencia e instinto funcionara correctamente y aquellos pésimos intentos por escapar provocaban el efecto contrario, que sus implacables perseguidores incrementaran aún más su voraz persecución.

Por un momento olvida sus heridas, las nuevas parecen que empiezan a sanar y las antiguas, aunque le siguen doliendo, ha aprendido a vivir con ellas y comienza a prestar atención a lo que ocurre a su alrededor. Hace ya un rato largo que no percibe nada y todo parece tranquilo. Con mucha precaución y sin hacer apenas ruido, se levanta lentamente y con sumo cuidado echa un vistazo al exterior. No se ve nada extraño y nada parece perturbar la serenidad de aquella tranquila noche. Necesita salir y ese parece un buen momento, no debe de faltar mucho para el amanecer y sus implacables perseguidores también necesitan descansar y ocuparse de otros menesteres, toda su vida no va a ser perseguirle a él.

Se arma de valor, respira hondo y con gran cautela sale de su escondrijo y poco a poco va bajando en dirección a la salida.

Ya se encuentra abajo del todo y vuelve a mirar a su alrededor antes de ponerse totalmente a descubierto. Todo está tranquilo, y simulando una serenidad que no tiene, empieza a caminar hacia la salida con paso decidido.

Ya puede ver al fondo la gran puerta acristalada del hotel donde se encuentra. Cada vez ve la salida más cerca y nadie le ha molestado hasta el momento, está convencido que lo va a conseguir. Sólo le queda superar el último obstáculo, la puerta es de esas giratorias que no le gustan nada y le producen cierta sensación de claustrofobia. Pero no importa, no se ve a nadie afuera y va a poder salir y ser libre aunque sólo sea por esa noche.

Agarra la puerta, comienza a empujarla y se introduce en el pequeño hueco acompañando al giro de la puerta con pequeños y acompasados pasos.

Ya está. La abertura de la salida comienza a abrirse. En su deseo de salir, agacha un poco la cabeza y con el hombro empuja un poco más fuerte para acelerar la salida de esa mini prisión, cuando de repente, una luz le deslumbra. Levanta la cara y otro fogonazo más, que le da en pleno rostro, le ciega y le hace trastabillar en el reducido hueco que aún se encuentra. Comienza a caer y otro fogonazo más y otro más, y sin saber todavía de donde vienen y antes de que termine de caer al suelo, aparecen una nube de fotógrafos y cámaras que con sus flash y sus focos deslumbran al hombre que comienza a rodar por el suelo entre los pies de aquella gente sin que nadie haga nada por ayudarle y tan sólo ocupados en tratar de sacar el mejor plano de cómo un hombre, venido a menos, acaba por los suelos. Seguramente -empiezan a comentar - después de haberse corrido una de sus muchas y orgiásticas fiestas que llevan un tiempo siendo la comidilla de la ciudad.

El hombre trata de levantarse pero cada intento es un flash más en su rostro, un ardiente foco sobre su cuerpo, un micrófono acercándose a su boca mientras escucha a las fieras de alrededor rugir una pregunta tras otra.

¿No habías dejado de drogarte?

¿Sabe tu ex que estabas en este hotel?

El hombre consigue al fin incorporarse y sacando fuerzas de flaqueza consigue apartar con sus brazos a los dos carroñeros que tiene enfrente abriéndose un hueco entre ellos y consiguiendo escapar de aquel ataque.

¡Encima nos ataca! –Oye que rugen las fieras mientras comienza a correr.- ¡Si estamos trabajando! ¡Este tío mañana sale en portada… a por él!

Y una vez más la persecución se inicia. El hombre corre, corre por las calles tratando de escapar de esos miserables predadores que buscan carnaza para poder alimentar su insaciable y voraz apetito y mientras corre llora y mientras llora empieza a dibujarse en su cabeza la escopeta de caza que cuelga de una pared de su salón. De repente se para, deja de llorar y una sonrisa comienza a dibujarse en su rostro y es que está imaginando como serán los titulares que aparecerán mañana… con mucha sangre y vísceras, como le gusta a estos malditos predadores.

jueves 10 de enero de 2008

Justicia Inocente

La mujer está sola en la cocina. Se encuentra de cuclillas, con la espalda apoyada en la puerta de la lavadora y con los brazos se rodea la cintura. El último puñetazo que le ha dado su marido ha sido en el estomago, le ha cortado la respiración y todavía está intentando recuperar el resuello.

Cuando consigue que de nuevo el aire entre acompasadamente en sus pulmones se va levantando poco a poco con esfuerzo y lágrimas.

Se incorpora al fin y con temblorosos gestos de sus manos se atusa un poco el vestido. Su hija está en casa, puede entrar en la cocina y no quiere que la vea en este estado.

Está aturdida y siente palpitaciones en las sienes, además, el pequeño televisor de la cocina está a todo volumen y eso no ayuda a aclarar a sus ideas.

El muy cabrón, siempre que hay jarana, sube el volumen de la tele para disimular el ruido de las broncas. Ella lo apaga con un gesto de hastío en su cara y sin que ese gesto la abandone comienza a ponerse los guantes de fregar, aún tiene que recoger los cacharros sucios de la comida.

Friega despacio, resignada y en silencio. Delante de ella se abre una ventana y puede ver una bonita vista del pueblo donde viven aunque hoy, como otros muchos días, la imagen la ve distorsionada por culpa de las lágrimas que anegan sus ojos.

Trata de recordar porque se casó con semejante energúmeno y a su cabeza vienen recuerdos de un chico joven, amable y cariñoso que bebía los vientos por ella. Pero esos recuerdos cada día le parecen más lejanos, se van diluyendo en el tiempo y está comenzando a creer si todo aquello fue solamente un bonito sueño y que la cruda realidad siempre ha sido esta. Ya ni siquiera recuerda cuando, el hombre que quería, se convirtió en el monstruo que es ahora.

Ya no puede más. Esta harta de la situación. Sino es porque la sopa está muy fría, es porque está muy caliente, el caso es que la mujer lleva varios años aguantando palizas un día sí y otro también y cada vez encuentra menos razones para seguir al lado de ese baboso.

-¿Mamá? ¿Estás bien? ¿Se ha ido papá?

La voz de su hija, que suena a sus espaldas, la coge un poco desprevenida y se asusta. Tiene intención de girarse pero está llorando y no quiere que le vea la cara.

-Si cariño, estoy bien. Papá está duchándose y yo estoy terminando de recoger. Vete a ver la tele al salón que ahora voy yo.

-No estás bien mamá. Te lo noto.

Esta vez la voz ha sonado a su lado, la niña ha ido acercándose hasta ella y se agarra con una mano al vestido. Aunque sólo tiene 5 años, ya es muy consciente de todo lo que ocurre a su alrededor.

La mujer baja la cabeza y allí ve a su pequeña niña que la observa con unos ojos de sincera preocupación y con un incipiente puchero en sus labios. Al verla recuerda la razón por la que todavía no se ha marchado y es que ella sola no podría darle una vida decente a su hija, aunque piensa que la vida que llevan ahora mismo, puede ser de todo menos decente.

-Te sale un poco de sangre de la nariz. –Dice mientras señala con su pequeño dedo la cara de su mamá.- Papá te ha vuelto a pegar, ¿verdad?

Ella retira la mirada e intenta limpiarse la nariz con el dorso de la mano.

-Bueno… ya te lo he explicado otras veces. Cuando tu padre tiene frío yo le ayudo a que entre en calor. – La mujer sabe que esa excusa es una tontería pero, de momento, mientras cuele, prefiere decirle eso a que su padre es un sádico hijo de puta. Mira a la niña y se esfuerza por mostrar una sonrisa. - Son cosas de mayores… ya las entenderás cuando seas mayor.

-Pero no entiendo porque tiene que pegarte. –Insiste tozudamente la pequeña.- Ya sé que es un pesado y siempre tiene frío aun cuando hace calor. Además, a mí a veces también me dice que tiene frío pero no me pega. Le vale con que le toque con las manos y la lengua por los sitios que el me dice. ¿Por qué no haces tú eso?

Ella se queda de una pieza, ignoraba aquello e intenta disimular el sollozo que ahoga su garganta doblando su cuerpo y apoyando los brazos en el fregadero. Aquellas palabras han golpeado su estomago con muchísima más fuerza que lo hiciera poco antes el puño de su marido. Siente nauseas y no puede evitar que dos grandes lagrimones le desborden los ojos y recorran su cara en silencio.

-No quiero que llores más mamá. –Le dice mientras se abraza a una pierna de la mujer.- He estado pensando y ya sé que hacer. Tú espérame aquí.

La niña suelta su presa y se aleja corriendo con pasitos cortos y decididos por el pasillo. La mujer se vuelve, trata de impedirlo.

-No espera… ¿Dónde vas? –Pero el dolor y la desesperanza le han dejado sin fuerzas y tan solo llega a poder sentarse en una silla de la cocina.

Mientras tanto, la niña ha llegado hasta un gran armario donde guardan algunos cachivaches y es que allí está lo que necesita. Abre las puertas y se pone de puntillas para poder ver lo que hay en los estantes superiores. ¡Ahí está¡ Muy decidida, empuja una silla hasta el armario y encaramándose a ella consigue agarrarlo. Aunque no pesa mucho, es bastante grande para sus bracitos, tiene que hacer equilibrios y resopla mientras consigue hacerse con él. Incluso está a puno de caerse un par de veces pero al final lo consigue.

Con el aparato entre los brazos y tambaleándose por el pasillo consigue llegar hasta la puerta del baño donde se escucha caer el agua de la ducha. No sin esfuerzo, empuja la puerta con el hombro, entra y con el cacharro en los brazos le dice a su padre, que ajeno a todo seguía bajo la ducha.

-Papi, papi… ¿Tienes frío?

El padre se da cuenta de la presencia de la pequeña y descorre la cortina. Observa a la niña mientras que con descaro se enjabona su cuerpo delante de ella.

-Pues sí que tengo algo de frío…. ¿Pero que haces con eso?. Déjalo por ahí y ayuda a tu padre a entrar en calor… anda.

Mientras, la madre continúa en la cocina. Esta sentada en la silla y con medio cuerpo extendido sobre la mesa. Gime en silencio, como lleva haciendo toda la vida, pero esta vez la cosa ha ido demasiado lejos y está pensando en acabar con esto de una vez. No sabe como hacerlo pero está decidida. Ella es capaz de aguantar lo que sea pero a su hija, ese cabrón, no le va a volver a poner una mano encima en la puta vida. Se levanta y se dirige a un cajón. Lo abre y de él saca un cuchillo de al menos 20 centímetros de hoja y afilado como para cortar un pelo en el aire.

Lo empuña con fuerza, toma aire y cuando se dispone a salir de la cocina algo ocurre.

Le parece escuchar un extraño grito, como si hubiera salido entre dientes, y en ese momento también se apaga la televisión del salón y la nevera deja de hacer ruido. Se ha ido la luz de la casa y todo queda completamente en silencio.

La mujer tira el cuchillo al suelo y sale corriendo hacia el baño. Cuando entra lo que puede ver le queda momentáneamente sin aliento. Su marido está caído dentro de la bañera y su cuerpo, menos una pierna que sobresale, está encajado de mala manera en tan pequeño hueco. Tiene el rostro mirando hacia ella y en él además de los dos ojos en blanco, se ve grabado un rictus de terror.

Vuelve la mirada a su hija que se encuentra de pié en mitad del baño, con una gran sonrisa pícara en su rostro, mientras se encoge de hombros y pone la típica expresión de “yo no he sido”.

-Pe… pero… ¿Qué ha pasado aquí? –Atina a pronunciar entre tartamudeos.-

-Nada, yo sólo quería quitarle el frío a papá. –Contesta con cara de no haber roto un plato en su vida mientras señala al enchufe que se encuentra a media altura de la pared.-

La mujer se da cuenta de que hay algo enchufado y con la vista sigue el cable que desaparece dentro de la bañera, entre las piernas de su marido. Avanza un paso para pode ver lo que hay dentro y descubre en el suelo de la bañera un viejo calefactor, de esos que tienen dos resistencias que se ponen al rojo y que todavía está echando humo. No sabe que hace ahí, hace mucho tiempo que no lo usan. Ella lo guardaba en el armario por si algún día se quedaban sin calefacción o hacía demasiado frío.

La mujer asombrada y con la boca abierta dirige la mirada hacia la niña quien le dice mientras se vuelve a encoger de hombros.

-Un día te pregunté que qué era eso y me dijiste que era algo que daba mucho, mucho calor y que lo usaríamos si algún día teníamos frío… Se me ocurrió que podía servirle a papá ¿Tú crees que ya se la habrá quitado el frío?

Las dos guardan silencio mientras la pequeña la mira como preguntando que qué había hecho mal. La mujer está sin habla, no sabe que decir. Mira otra vez el cuerpo de su marido, mira de nuevo a su hija y mientras una sonrisa comienza a iluminar su rostro, se arrodilla, la abraza con fuerza y entre lágrimas de alegría le dice:

-¡Gracias hija mía…! ¡Muchísimas gracias¡

martes 4 de diciembre de 2007

¡Feliz Aniversario!

Si no me fallan las cuentas, hace ya un año que estoy aquí (¡Mierda¡ ¡Cómo pasa el tiempo!). Un aniversario no es algo baladí, es una hazaña de supervivencia y merece ser celebrada de alguna manera. Además, me ayudará a romper la maldita monotonía en la que últimamente, se han convertido mis días. Una dolorosa rutina que inunda mi espíritu y amortaja mi corazón.

El problema reside en… ¿Qué se puede hacer? Aquí, donde he quemado el último año de mi vida, no es un lugar que abunden las posibilidades y la cosa va a estar difícil.

Podía celebrar una fiesta y rodearme de gente. Pero por aquí son muy poco alegres y sé de antemano, que nunca encontrare gente en la calidad y cantidad adecuada, así que desechamos la primera idea.

Pudiera ser algo más íntimo, como una buena cena y una agradable velada. Aunque aquí ni dios sabe cocinar medianamente bien y la compañía que puedo esperar está al mismo nivel, es decir, muy mediocre.

Tal vez algún caprichito especial. Alguna chorrada que lleve tiempo pensando en pillarme y que no me había decidido hacerlo. Esto puede ser una buena excusa para animarme a hacerlo. La pena es que sigo olvidando donde me encuentro. Ni dispongo de pasta ni creo que haya muchas tiendas abiertas.

Pues nada, visto lo visto, me tendré que conformar con un tirón de orejas, una canción y darme por servido. Así que nada, a esperar a que lleguen y a celebrarlo.

Ya escucho los pasos que se acercan por el pasillo y como hurgan en la cerradura. La puerta se abre y aparece el hombre de todas las mañanas. Grande como un armario, con el pelo rapado a lo militar y vestido con su camisa y pantalón blancos. Enfermero creo que le llaman, aunque le pega más cancerbero.

-Vamos escoria.

Me dice con sus habituales modales a la vez que hace un gesto con la mano para que le acompañe.

Le observo desde el fondo de la habitación acuclillado y con la espalda apoyada en la pared. Me resisto a obedecerle, hoy quiero que sea un día especial y hasta que no tenga mi tirón de orejas y mi canción no pienso moverme de aquí.

-¡Vamos te he dicho! –Vocifera mientras se dirige hacia mí.- ¡Los demás ya están desayunando!

Sigo sin moverme, impasible, dispuesto a conseguir lo que quiero. El se agacha para agarrarme y obligarme a levantar. La camisa de fuerza que me aprisiona me impide poder agarrarlo con los brazos, pero no importa, ha acercado su cara hasta la mía y es entonces cuando aprovecho para tirarme sobre él y aprisionarle más de la mitad de la oreja de un mordisco.

El grita y se incorpora pero yo sigo aferrado a su oreja que siento como comienza desgarrarse entre mis dientes.

Al final, se separa de mí y me quedo con su trozo de oreja en la boca, mientras chilla como un cerdo en una matanza y sacude su cabeza salpicando de sangre las blancas y acolchadas paredes.

Yo quedo de pié en el centro de la habitación. Entre risas escupo el trozo de carne que aún tengo en la boca y exclamo:

-Ya tengo mi tirón de orejas… y ahora la canción. –Y a voz en grito comienzo a cantar.- ¡PORQUE ES UN MUCHAHO EXCELEEENTEEE, PORQUE ES UN MUCHACHO…!

Dos enfermeros que habían acudido por los gritos de su compañero y, supongo que también por los míos, irrumpen en la habitación y con la sorpresa reflejada en sus rostros me observan desde la puerta.

Dejo de cantar les miro y con la boca aún goteándome sangre ajena les digo:

-¿No me felicitáis? Hoy es mi aniversario… Hoy debe ser un día especial.

Y efectivamente lo fue. Se abalanzaron sobre mí y fue en el quinto o sexto golpe cuando la oscuridad se hizo a mí alrededor y ya no recuerdo absolutamente nada.


Nota: Hace un año que estoy “encerrado” en este blog donde, un buen día, decidí plasmar parte de mi locura… ¿O era de mi cordura…? Ya no me acuerdo.

El caso es que quiero agradecer a los pocos pero fieles parroquianos, la molestia que se han tomado leyendo mis humildes escritos.

Muchas gracias y un saludo a todos.